RENOIR
PINTOR DE MUJERES




Retrato de Romaine Lacaux, 1864.



Considerado como uno de los pintores más importante y célebres de las artes plásticas francesas —e particular del impresionismo—, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) es ampliamente conocido por sus óleos de niñas, flores, escenas plácidas y, sobre todo, de voluptuosos cuerpos femeninos. Pero, ¿qué hay detrá de este pintor que retrataba sobre todo a mujeres?

Hijo de una familia de la clase trabajadora Renoir tuvo que trabajar desde pequeño y ahorrar incansablemente para poder pagarse
sus estudios, lo cual lo hizo un estudiant asiduo, metódico y muy seguro de lo que hacía Su pasión por la pintura era tal, que rebasaba cualquier trasfondo ideológico y se recreaba en el mero acto de crear Para cuando se matriculó en la Academia de Bellas Arte de París, en 1862, Renoir pretendía seguir la corriente de quienes estudiaban con profesores particulares en busca de mayor libertad. En estos talleres conoció a Monet, Manet, Degas, Pissarro y otros representante de lo que más tarde sería el grupo impresionista, que proponía dejar de copiar y pintar al aire libre. En su obra son evidentes dos grandes momentos pictóricos: el primero pertenece a la época impresionista —entre 1864 y 1881—, en la que destaca la pintura al aire libre y las escenas de la vida burgues como Lise con sombrilla (1867) o Baile en el Moulin de la Galette (1876). Aunque ya para entonces pintaba mujeres y éstas tenían cierto protagonismo, aún el interés del pintor no radicaba en la sensualidad del cuerpo femenino, sino en los cuerpos y telas donde se reflejaba la luz. Su segunda etapa está marcada por la llegada de dos mujeres al grupo —Berth Morisot y Mary Cassatt—, lo que lo hizo alejarse de los impresionistas y viajar en 1881 a Argel y luego a Italia. Al conocer a profundidad el arte renacentista, Renoir nunca más vería al cuerpo como un depósito de luz y sombra, sino que empezaría a buscar volúmenes; por
esta razón, desnudó el cuerpo de la mujer, definió sus contornos y asimiló la influencia de Rubens, Fragonard y Boucher —de quien Renoir alguna vez dijo: «Creo que ha sido el único pintor que ha entendido el cuerpo femenino»—.

Entonces la mujer se convierte en centro inequívoco de la temática del pintor. Las mujeres de Renoir.

Como la mayoría de sus contemporáneos, Renoi veía a las mujeres como criaturas complacientes, simples, fértiles, devotas al sexo, la reproducción, la crianza de niños y demás tareas domésticas. A pesar de considerarlas tan inferiores, al pintor le gustaban las mujeres; al menos, su cuerpo: observarlas, pintarlas Encontró, pues, en ellas, un sujeto perfecto para su pinturas. Fue así que se ganó la reputación dentro de los impresionistas como «más que nada, pintor de mujeres», desde Retrato de Romaine Lacaux (1864) hast El juicio de Paris (1913-14). Sin embargo, le chocaban en particular las mujeres educadas que presumían de escribir y publicar: «Considero monstruos a las mujeres que se creen autoras, abogadas y políticas, como George Sand, Madame Adam, y otras aburridas que no son más que vacas de cinco patas». Para Renoir, que una mujer fuera algo más que un ser simple con ojos tiernos y senos grandes, o una madre abnegada, era una violación del orden natural de las cosas. Su boda con Aline Charigot, una de sus modelos, a la que pintó innumerables veces, deja claro el tipo de mujer que prefería.




Renoir y Fragonard
Las mujeres de Renoir tienen una deuda con las mujeres de Fragonard, ya que ambos pintores comparten la misma picardía a la hora de escoger y pintar a sus modelos. El crítico Philippe Burty dijo al respecto: «Uno tendría que regresar a los bocetos de Fragonard para descubrir una manera similar de pintar, no sólo comparable en la técnica, sino por el temperamento tan esencialmente francés». De este modo, Renoir se convierte en un pintor que recoge una añeja tradición, al tiempo que abre las puertas a la modernidad.

Como sucedió con Fragonard, el erotismo de las modelos de Renoir atrajo a la alta burguesía y él, como todo pintor burgués para burgueses, se entregó a una placentera contemplación sin mayores interrogantes. Esto se aprecia en pinturas como Joven jugando con su perro (1765-1772). Son estos burgueses y artistas quienes configuran una de las claves determinantes para el éxito de cualquier obra de arte: en la época, un pintor era considerado bueno si tenía la capacidad técnica y la inteligencia social para satisfacer las demandas de su comprador.

El machismo de Renoir
Además de sus célebres desnudos, Renoir pintaba mujeres en escenas domésticas que daban un mensajes más respetable y sentimental: interiores domésticos, niños y mascotas, madres con sus hijos, mujeres jóvenes leyendo o tocando el piano, familias rústicas, algunos campesinos felices, trabajadores urbanos y lavanderas sensuales. Escribió Vollard: «Le dije a Renoir cuánto me habían emocionado dos desnudos del comedor [él contestó]: “Son estudios hechos con mis criadas. He tenido algunas con una constitución admirable y que posaban como los ángeles. Aunque debo añadir que yo no soy difícil: me adapto bastante bien [...] siempre que encuentre una piel que no repela la luz. [...] ¿Usted ha visto alguna mujer distinguida con unas manos que a uno le dan ganas de pintar? Es muy bonito pintar unas manos de mujer, ¡pero unas manos que se entreguen a los trabajos domésticos! En Roma, en la Farnesina, hay una Venus de Rafael que va a suplicarle a Júpiter; tiene
unos brazos... ¡es delicioso! Uno cree ver a una buena y gran matrona que regresa a su cocina...


Retrato de Aline Cahrigot —Madame
Renoir—, 1885

Gabrielle y Jean, 1895
.
Jean-Honoré Fragonard, Joven jugando con un
perro, 1765-72.


Retrato de Romaine Lacaux, 1864.

La interpretación que se hace de la manera en que Renoir representa a la mujer es consistente con el análisis que hace Théodore Duret —principal impulsor de la corriente impresionista—: «[Renoir] otorga a la mujer un tipo de sensualidad, un efecto que por ningún motivo es estudiado, sino procede simplemente de
su percepción inmediata». De hecho, Renoir —según refiere su hijo— intentaba crear arte que no tuviera tema, y se decidió por la mujer como realización de su deseo. Así creó un paradigma dentro de su trabajo que afirma que la mujer no tiene tema, que no existe más allá de la belleza de sus formas, de su cuerpo siempre
voluptuoso. «Mis modelos no piensan» —dijo, y les puso cabezas pequeñas y ojos avispados, que son características de sus desnudos—. Su pintura es fluida y erótica; estamos tan cerca de estas mujeres que su presencia nos alerta, casi podemos acariciarlas.





El placer y la pintura
No se puede negar el placer estético de sus pinturas y sus modelos. Como dijo Dure de uno de sus desnudos: «Dudo que ningún pintor haya interpretado nunca a la mujer de una manera más seductora. El pincel de Renoir, rápido y ligero, le da la gracia, la suavidad, el abandono, hace su carne transparente, colorea sus mejillas y sus labios de un brillante encarnado. Las mujeres de Renoir
son hechiceras. Si se llevan una de ellas a casa, será la persona a la cual echarán la última mirada al salir y la primera al entrar. Conquistará un lugar en su vida. Harán de ella una amante. ¡Pero qué amante! Siempre dulce, alegre, sonriente, sin necesidad de vestidos, ni sombreros, sabiendo prescindir de joyas. ¡La verdadera mujer ideal!». Todos disfrutamos de lo bello, y no hay manera de
esquivar la belleza en la obra de Renoir. El cuerpo de una mujer sigue siendo fuente de inspiración, no sólo para artistas, sino para la vida cotidiana. A pesar de que los tiempos y la forma de pensar «han cambiado», aún podemos encontrar similitudes entre aquellos desnudos voluptuosos llenos de color y vida y los grandes espectaculares en los que una mujer semidesnuda con la misma mirada vacía trata de vender un producto. El desnudo femenino todavía se explota, se vende... y se disfruta a pesar de su misoginia.


Bañistas, 1918-19.


















El juicio de Paris, 1913-14.