Pensar el racismo desde el arte







En el 2016 en el Museo de la Ciudad de México, el historiador Federico Navarrete presentó su libro, México Racista, un ensayo sobre los terribles alcances que tiene el racismo en un país donde sistemáticamente se niega su práctica al interior mientras se denuncia padecerla al exterior. El edificio sirvió como marco perfecto a la presentación, pues desde durante meses albergó una exposición titulada Imágenes para ver-te que pretendía, al igual que el libro, desenmascarar los prejuicios que permiten que el racismo perdure hasta nuestros días de múltiples maneras y fomentar la visibilización y reconocimiento de las culturas étnicas.

Tanto el texto como las imágenes se antojan imprescindibles dentro de un mundo convulsionado, cuya población necesita ser confrontada e invitada a replantearse su manera de valorar a las personas y sus relaciones cotidianas con el fin de intentar una convivencia más armónica, justa y pacífica. El objetivo es que los lectores-espectadores dejen de ver como desigualdades las diferencias humanas, requisito indispensable sine qua non se podrá abatir la inequidad, la injusticia y la violencia que existen tanto en México como en el mundo entero.

Hoy más que nunca este texto intentará abarcar ambas estrategias siendo una reseña del libro enriquecida con las reflexiones y las imágenes dispuestas en la exhibición que, por cierto, contó con la curaduría del biólogo y antropólogo César Carrillo Trueba, quien retomó varios de los argumentos vertidos en su libro El racismo en México, una visión sintética, editado por CONACULTA en el 2009.

            Sin duda una de las peores y mas dañinas formas de discriminación es el racismo, tanto por su extensión como por la ignorancia en la que se fundamenta. El ocultarlo no minimiza su gravedad ni peligrosidad pues lo hace más difícil de combatir. Básicamente, se basa en prejuicios que asocian el aspecto físico de una persona con sus supuestas aptitudes mentales o cualidades morales, lo que provoca una jerarquización de los individuos según su color de piel, forma del cabello, rasgos faciales y culturales, su manera de vestir, de pensar y de hablar. Generalmente coloca en la cúspide de la pirámide a la gente blanca y en las bases a los indígenas, negros y orientales. A pesar de que desde hace varios años los genetistas y otros científicos han comprobado lo absurdo de estas concepciones al asegurar que el racismo no tiene una raíz biológica (pues existe la misma o mayor variación genética entre dos individuos africanos o indígenas que entre un negro y un blanco o un indígena y un asiático) y que las capacidades intelectuales, morales o humanas no son visibles en el aspecto de las personas, lo cierto es que esta idea es creída y sostenida por amplios grupos quienes así aseguran (o pretenden hacerlo) un lugar privilegiado dentro de su sociedad (ejemplos actuales pululan, baste echar un vistazo a lo que está pasando en Europa, Estados Unidos y, claro está, México). Tristemente, como lo demuestra Navarrete, esta ideología, que se difunde en la publicidad, los medios de comunicación, el discurso político, las mismas mercancías, etc; comienza a manifestarse desde el hogar (distinciones entre los miembros de la familia o entre estos y los que no lo son y con comentarios y bromas discriminativos) y lo continúa haciendo en la escuela, el trabajo y, por supuesto, en las calles. Los estereotipos y conductas ahí expresadas, fomentadas y aprendidas se tornan costumbre, prejuicios y, en algunos casos, ideología.

César Rangel, Otomí, Huixquilucan, 2016.

            Según datos arrojados en una encuesta reciente levantada por el CONAPRED, el primer motivo de discriminación en México se da por el color de la piel, a lo que Navarrete denomina “racismo cromático”. Este escalofriante dato se confirma con múltiples estudios, de los cuales, uno de los más amplios, mencionado por el autor, es el realizado por Andrés Villarreal en 2010 que, publicado en la American Sociological Review, confirma además que existe una fuerte relación entre el fenotipo y la condición social: las personas de piel morena clara y moreno oscura tienen menos posibilidades de tener educación superior que las de piel blanca (29.5% y 57.6% respectivamente); el 91% de los trabajadores “manuales” son morenos (oscuros y claros) y sólo 9% blancos y, en contraste, el 28% de los profesionistas son blancos y el 21% morenos oscuros (frente a su proporción general de 18% y 31% en la población nacional). Por último, se reveló que de entre los administradores y empresarios de alto nivel, el 45% son blancos y el resto morenos claros, es decir, no hay ni una sola persona registrada como morena oscura en esta posición privilegiada. Los datos arrojados, por supuesto, no pueden atribuirse a la casualidad sino a la evidente correlación que existe entre el color de la piel y la calidad de los servicios que se reciben, así como al racismo, pues también la investigación comprueba que a las personas morenas que logran tener acceso a educación y empleo les es muy difícil ser admitidos en los círculos más opulentos de nuestra sociedad.

En lo que se refiere específicamente a los indígenas, cifras oficiales del 2014 arrojan que en el campo mexicano un trabajador agrícola indígena (una de las principales ocupaciones de este sector poblacional) tiene un salario de $886 al mes mientras que uno no indígena gana un poco más del doble por realizar las mismas labores. La nefasta consecuencia de los fenómenos de exclusión es que el 38% de los indígenas viven en la pobreza extrema sin poder cubrir si quiera las más mínimas necesidades básicas para subsistir. El economista Gerardo Esquivel, citado por Navarrete, incluso asegura que los niveles de rechazo y marginación que padecen los diferentes grupos étnicos hacen que para ellos sea casi imposible beneficiarse del crecimiento económico e incluso de las políticas de combate a la pobreza. No es casualidad, entonces, que México sea uno de los 10 países más desiguales del mundo. De todos los datos recavados (el autor cita numerosos ejemplos y mas estudios) se concluye que la jerarquización social es sumamente arbitraria (Navarrete la llama “pigmentocracia”), que las oportunidades y la inclusión son discriminatorias y racistas y que es responsabilidad del gobierno, los medios y de todos nosotros combatir esta injusta situación. 

            Tal vez, lo más grave de todo es que:

Al asociar la pobreza y la desigualdad con la piel morena, se vuelve inevitable también que las comencemos a considerar como naturales e inevitables. Si la mayoría de los morenos son pobres y la mayor parte de los pobres son morenos, no es difícil pensar que esta condición es inherente a su aspecto físico, a su forma de ser y de vivir. De esta manera, la marginación deja de ser un problema de la sociedad, de todos nosotros, y se convierte en un problema propio de ellos, los que son diferentes a nosotros. En México el racismo también construye incontables justificaciones para la marginación de los morenos: son ignorantes, son flojos, son ‘nacos’, tienen menos capacidades que los blancos ricos.

José Clemente Orozco, Turistas y aztecas, 1935.

Esta concepción sobre las diferencias sociales-raciales no es anecdótica ni inocua pues influye en los individuos a la hora de tomar decisiones importantes (por ejemplo, dónde pedir empleo o a quién emplear, cómo valorar su labor, a quién ascender de puesto, por qué candidato/a votar), y marca las vidas de los marginados con el sello de lo inferior pero también de lo despreciable, lo prescindible e, incluso, lo desechable. Es por eso que, en casos extremos, su tortura, desaparición y muerte resultan tolerables, intrascendentes y, en ciertos desafortunadísimos casos, inevitables y hasta deseables (el autor pone como ejemplo a los normalistas de Ayotzinapa, pero también los feminicidios de Juárez, las víctimas de la guerra contra el narco, los inmigrantes de las fosas de San Fernando o las de la matanza de Tlatlaya). Para Navarrete: “la invisibilidad de las incontables víctimas en la muerte es la trágica consecuencia de la discriminación que las hizo invisibles en vida. Ambas son producto de la exclusión que padecen amplios sectores de la sociedad mexicana en los más diversos escenarios de nuestra vida pública y social”. Si bien el autor no atribuye directamente la tortura y asesinato únicamente al racismo, sostiene que al denunciar a ciertos sectores como inferiores y degenerados, esto si los normaliza, extiende y profundiza, así como también “agrava los problemas de pobreza, desigualdad, marginación, falta de democracia e intolerancia que padecemos”.

            En el libro se plantea que la razón fundamental de la ignorancia en la que se basa el acendrado racismo contemporáneo en nuestro país no proviene tanto del pensamiento colonial (cuando se consideraba a los indígenas bárbaros o menores de edad) como de la llamada “ideología del mestizaje” que, si bien abrevaba de él, en su afán por construir un prototipo de mexicano (un ideal fundamentado en teorías “pseudocientificas” mal llamadas “darwinismo social” provenientes de Europa, como ya lo expliqué en un artículo anterior), pretendió encasillar a todos los mexicanos en la categoría de mestizos: hablantes de una sola lengua y poseedores de una sola cultura fusión de la europea y la indígena, negando de tajo la plurietnicidad, multiculturalidad y la diversidad de lenguas que se hablaban y aún perviven, pese a todo, en el país. Exponiendo cinco interesantes argumentos, el autor demuestra que muy contrariamente a lo que nos han hecho creer, el mestizaje no fue un fenómeno biológico (no hubo en realidad mucha mezcla de personas de diferente origen) ni cultural (se habla más bien de imposición de lo occidental y resistencia de lo original) y que tampoco involucraba únicamente dos raíces. Propone así, que lejos de haber comenzado en el siglo XVI lo hizo en el XIX, y que más que una mezcla biológica representó una forma dominante de ser mexicano, un nuevo tipo de identidad política y social, cuando una vez consumada la independencia, la modernización capitalista y la consolidación estatal hizo necesario un mayor control de la población a partir de su homogeneización, lo que implicó el cambio de idiomas, de cultura y de ideología política de la mayoría, así como la definición de una nueva identidad nacional ya fuera a través de la disuasión, la necesidad o la violencia. A este proceso el autor lo considera más una confluencia histórica que un mestizaje, pues en él se construyeron muchos elementos (en ocasiones consensuados pero las más de las veces impuestos) que debían de diseminarse como “mestizos” a la vez que muchos grupos conservaron otros propios de su identidad, su cultura y sus formas de ser:

El ‘mexicano ideal’, por así decirlo, debía hablar español y tener convicciones políticas liberales; debía anhelar la prosperidad económica para sí mismo y para toda la nación, según las reglas de la economía capitalista; por ello, debía poseer y defender su propiedad individual, tanto de la tierra como de comercios o industrias; además, debía vestirse con ropas que siguieran las modas definidas en Europa y Estados Unidos, así como practicar las costumbres modernas y defender las ideas cosmopolitas y laicas copiadas de esos lugares; sin embargo, debía también ser católico y guadalupano en su vida privada, así como machista y patriarcal en su comportamiento familiar. A lo largo de los siglos XIX y XX muchos hombres (y un menor número de mujeres) de orígenes muy diferentes fueron adoptando este nuevo ideal de ser mexicano, lo perfeccionaron y lo convirtieron en la manifestación por excelencia de la naciente identidad nacional mexicana.

De este modo, a lo largo del ensayo se va desvelando cómo el fenómeno del mestizaje, a pesar de su pretendido incluyentismo, fue un constructo profundamente racista, pues aunque en teoría sus promotores reconocieron y valoraron la herencia indígena, en el fondo la despreciaban (y aún lo siguen haciendo) por considerarla atávica, atrasada y “primitiva”. Esta ideología, lejos de lograr separar las brechas sociales lo único que hizo y sigue haciendo es robustecerlas, pues se ha convertido en una herramienta de poder que, apoyada en argumentos meramente ideológicos y pseudocientíficos, ha logrado excluir, invisibilizar y desprestigiar a amplios sectores sociales y fortalecer y reforzar la autoridad y los privilegios de las élites.

El autor define:

México es un coro inagotablemente vital de voces femeninas y masculinas, y de todas las combinaciones posibles de género y de preferencia sexual, practicantes de las más variadas religiones y formas de vida; defensoras de las más disímbolas causas políticas, locales, nacionales y universales; hablantes de más de 60 idiomas diferentes, desde el inglés hasta el pai pai, y de incontables dialectos regionales y de clase; dueñas de identidades culturales diferentes y plurales; portadoras además de los agravios más diversos y de lutos no resueltos por sus muertas y sus muertos.

Pensar de otro modo es negar la realidad, creer que unas formas valen más que otras es simple y llanamente racismo. Para lograr una convivencia horizontal y armónica, basada en el respeto y la justicia, Navarrete lanza a los medios de comunicación y publicidad y a la sociedad en general ciertos desafíos. A los primeros los incita a dar visibilildad y voz, de manera contundente y urgente pero respetuosa y digna, a aquellos a quienes se les ha negado sistemáticamente y otorgar una visión libre de estereotipos y folclorismos, con el fin reflejar la diversidad y riqueza de la población de nuestro país. A los segundos, nos invita a dejar de ser indiferentes, a liberarnos de los prejuicios raciales heredados, a cuestionar la leyenda del mestizaje, a ser solidarios y a demandar justicia y dignidad para aquellos a quienes la discriminación los ha encerrado en el cajón del desprecio y/o el olvido.

Dejo algunas imágenes de la exposición con citas literales del libro que de alguna manera funcionan como detonantes de la reflexión sobre ellas. Es sorprendente constatar cómo el arte, desde hace larga data, ha sido cómplice o detractor del racismo, difusor de ideologías o espacio de resistencia, crítica y denuncia.

César Rangel, Recreación de mapa antiguo de la distribución de razas

humanas y evolución morfológica, 2016

Las diferencias supuestamente raciales que encontramos hoy en nuestra sociedad, y que perpetuamos cuando nos dejamos conducir por nuestros prejuicios y practicamos el racismo, no son inventadas, aunque sean artificiales, sino el producto de una historia centenaria de desigualdad y discriminación…

Desde su surgimiento en el s. XVI en Europa y en sus colonias americanas, y a partir de su consolidación como una forma de pensamiento científico europeo en el XVIII, el racismo se ha centrado en las diferencias que los grupos humanos tienen en el color de su piel y en un puñado de rasgos físicos muy definidos: el color y la forma del cabello, el color de los ojos, la forma de la nariz y la boca, la forma de la cabeza. Estas distinciones meramente físicas han servido para concebir la idea de que la humanidad está dividida en cuatro o cinco grandes razas que son oriundas de los grandes continentes: la blanca de Europa, la amarilla de Asia, la negra de África, la indígena de América y la australiana y melanesia de Oceanía. A partir de estas distinciones físicas, el racismo inventó una falsa jerarquía entre las razas. Como los principales pensadores racistas eran europeos, consideraron que la raza superior era la blanca, seguida por la amarilla; la australiana, la negra y la indígena que se disputaban a sus ojos el último lugar en este escalafón. En función de esta calificación, se le atribuyeron a cada raza características morales diferentes: los indios eran supuestamente ladinos e indolentes; los negros, inmorales y flojos; los blancos, industriosos e inteligentes; los amarillos, inescrutables y astutos; los australianos, primitivos e incapaces.

Antonio García Cubas, Carta etnográfica, 1885.

En el México del s. XXI, no habría “güeros” y “nacos” si antes no se hubiera separado a “españoles”, “criollos”, “mestizos”, “indios”, “negros” y “chinos” bajo el régimen colonial español y luego si el México independiente no hubiera discriminado a estos grupos. Desde hace cinco siglos el poder y el privilegio en nuestro país pertenecen primordialmente a los “blancos” y los que no lo son, o no lo parecen, han sido privados de diversas maneras de sus derechos.

Francisco Toledo, Imágenes de Esclavos, s/f.

Hasta hoy, el racismo contra las personas que son o parecen de origen africano, llamadas todavía ‘negros’, es una realidad lacerante en todo nuestro continente, desde Canadá hasta Argentina, en Europa y en la misma África. En México nos negamos a reconocer la existencia de los descendientes de estos esclavos y los hacemos objeto de discriminación.

Anibal López, Un chol fotografiando a un lacandón, 2006.

La visión que la leyenda del mestizaje ha construido de los pueblos indígenas que viven en el México actual no sólo es injusta, sino también racista. Ignora, en primer lugar, que la gran fuerza de sus culturas y de su historia ha residido en su capacidad de cambiar y de adaptarse, de aprender de los españoles, los africanos y todos lo que han venido a estas tierras, de inventar de nuevo sus formas de ser y de pensar. Por ello, los transforma en meros “vestigios” de un pasado glorioso y no pude reconocer lo que son realmente: sociedades vivas y contradictorias, plurales y muy diferentes entre sí, tan cambiantes y tan modernas como los otros grupos sociales que conviven en México. En suma, define a estos mexicanos sólo por su pasado “glorioso” y devalúa sus culturas presentes, además de negar que puedan tener un futuro como tales, sino sólo como “mestizos”.

Andrés Carretero, Rubias, 2011 (fragmento).

Para quienes hemos crecido en una sociedad racista como la mexicana, la vinculación automática que establecemos entre el aspecto físico y la condición social de las personas forma parte de las herramientas que empleamos todos los días para juzgar a los demás y, también a nosotros mismos.

Daniela Rosell, De la serie Ricas y Famosas, 2006.

Ser blanco en nuestro país se asocia con ser bonito y deseable, pero también con ser rico, con tener capacidad de consumo, con ser moderno, con ser cosmopolita, con ser sofisticado. Podemos decir que la blancura se ha convertido en un fetiche social, es decir, en un atributo físico que vinculamos de manera mágica con una cantidad sorprendente de poderes económicos, sociales y culturales, incluso sexuales.

Humberto Limón, Crisol de razas, 1975.

De su padre español [los mestizos] heredaron la virilidad, la pujanza, el espíritu aventurero, la racionalidad, la “brillante” cultura occidental, y toda una larga lista de cualidades admirables; de su madre indígena, recibieron apenas la sensibilidad artística, el amor a la tierra, la resistencia al dolor y al sufrimiento, y otros pocos atributos en una lista bastante menos prolongada y estimable.

El “Crayolas” Pérez, exvotos, s/f.

El término “naco” es un signo brutal del desprecio que ejercen los mestizos más privilegiados y más blancos contra los que son menos afortunados y más morenos. Al mismo tiempo, las personas con la piel más blanca, los llamados “güeros”, suelen tener una mejor situación social y su aspecto físico más “europeo” se asocia con su privilegio social, haciéndose sinónimo de belleza y sofisticación.

Las imágenes de la “blancura” se asocian a la riqueza y al privilegio (así como al éxito y la felicidad), mientras que el aspecto de los “mestizos” y los “indígenas” se vincula con la pobreza y la marginación (y también con la criminalidad y los vicios).

Carl Lumholtz, Pesando a mujer tarahumara, s/f            s/a, Nicolás León tomando medidas, s. XIX.

La misma leyenda estipulaba que para lograr que el mestizo nacional cumpliera tan exaltada misión se requería una constante vigilancia. El riesgo era que la mezcla racial se dirigiera en la dirección equivocada y que en vez de privilegiar las mejores cualidades de cada raza, principalmente de la blanca, permitiera que se impusieran las taras y los vicios particularmente aquellos heredados de la raza indígena. Por ello, el mestizaje debía ser dirigido por las ciencias más modernas y por la eugenesia…

Mauricio Gómez Morin, La imposición del canon europeo, 2016.

En términos más brutales, era tarea de la ciencia y de la acción gubernamental emblanquecer a los indios, nunca, bajo ninguna circunstancia, “indianizar” u oscurecer a los blancos.

Alfredo Zalce, La dictadura Porfiriana exalta demagógicamente al indígena, 1947.

La leyenda del mestizaje afirma también que los mestizos son a su vez los únicos dueños del futuro brillante que aguarda a México, pues han sabido convertir en su divisa el progreso y la modernización nacional, sin perder el justo orgullo por sus raíces españolas e indígenas. La cultura prehispánica, en particular, es un pasado glorioso del que saben vanagloriarse y que pueden presumir a todo el mundo cuando quieren enfatizar su identidad inconfundible, pero nunca deben dejarse atrapar por esta raíz autóctona, pues entonces se convertiría en un peso muerto que les impediría progresar… De acuerdo con la leyenda, ser mexicano significa ser mestizo y ser mestizo significa ser mexicano. Aquellos grupos que no se han integrado a esta mezcla racial y cultural, que han insistido en mantenerse aparte por excesivo apego a sus tradiciones, como los indígenas… constituyen por ese simple hecho una amenaza a la unidad nacional y un obstáculo al destino histórico de México.

César Rangel, Santiago Mata Indios, Tríptico Civilizatorio, 2016.

Contra quienes se resistieron abiertamente y rechazaron la mano tendida por el Estado mestizo, como los rebeldes yaquis o los cristeros, el gobierno no vaciló en usar la fuerza y la represión. El combate se describió con frecuencia en términos providenciales, como una “cruzada” que buscaba “redimir” a la población atrasada e ignorante.

Santiago S. Sánchez, Alegoría del Centenario de la Independencia, 1909.

En el s. XIX, las élites liberales pregonaban que nuestro país debía incorporarse al “concierto de naciones civilizadas” (es decir, al club de los imperios coloniales europeos) y a nombre de este “noble” fin impusieron el español como única lengua pública, buscaron la disolución de las comunidades campesinas y de los pueblos indígenas y les negaron el derecho de participar en la vida política nacional por medio de sus mecanismos de organización colectiva, además de inventar el fantasma de la guerra de castas para reprimir sus movimientos y rebeliones.

Hemos visto que el brillante porvenir que la leyenda prometía a la raza mestiza era inalcanzable por definición, pues implicaba que los mestizos dejaran de serlo y que ocuparan el espacio idealizado reservado a la “blancura”. Sin embargo, a nombre de esta ilusión imposible, las realidades sociales, humanas y presentes de los mexicanos en su conjunto eran y son menospreciadas y consideradas merecedoras de desaparecer.


Leopoldo Méndez, Incorporando al indio a la civilización, s/f; Castigo en la montería, s/f.

La falsa metáfora de la unión racial [que implica la idea del mestizaje] disimula las profundas contradicciones y la violencia que acompañaron esta confluencia: las guerras y las matanzas, los despojos y la explotación, la discriminación y la exclusión, la imposición intolerante de una cultura que se definía como superior y que devaluaba y buscaba destruir todas las otras tradiciones culturales, la persecución de quienes pensaban diferente.

Como hemos visto, más allá de sus promesas unificadoras, la idea misma del mestizaje divide y separa de manera obsesiva a los mexicanos de acuerdo con sus diferencias culturales, siempre trasnformadas en diferencias raciales: entre los mestizos más modernos y los más atrasados, los cultos y los ignorantes, los buenos ciudadanos individualistas y democráticos y los practicantes del clientelismo corporativo, los “más blancos” y los “más morenos”, los “güeros” y los “nacos”, los “bonitos” y los “feos”… Sin duda, es hora de que busquemos nuevas maneras de explicar y contar nuestra historia y de comprender nuestra realidad.

Roberto Montenegro, Primera Dama, 1942.

En México la “blancura” no es propiamente un rasgo físico, sino un espacio imaginario en la vida social al que se adscribe una infinita serie de cualidades positivas, de privilegios y poder, de riqueza y de capacidad de consumo, a los que todos los mestizos aspiran o deben aspirar.

Hazle Dávalos, Mujer en el Desierto, Colectivo Bordamos por la paz de

Ciudad Juárez, Chihuahua, Travesía, 2016.

Ésta es una de las características más perversas del racismo mexicano, y de todos los racismos en el mundo: la manera en que se combina con otras formas de discriminación, de exclusión y de violencia, debidas a las diferencias de género y a las preferencias sexuales, a la pobreza y la marginación económica, a una situación legal precaria y a la falta de derechos humanos, y las hace peores, más justificables, menos criticables.

Pedro Valtierra, Comunidad de X’oyep, 1998.

El color de la piel se usa continuamente para determinar quién puede tener acceso libre a edificios privados, a antros y centros comerciales, o quién debe ser vigilado y cuestionado, o de plano excluido; determina también quién es maltratado por la policía y quién es considerado sospechoso de actividades criminales. También determina el valor “noticioso” de la muerte de las personas: la regla parece ser que el asesinato de una persona blanca y privilegiada provocará mucho más revuelo y será mucho más visible que la muerte de una persona más morena y marginada.

Tina Modotti, indígena y publicidad.

Esta discriminación se inicia en el hecho evidente de que la mayoría de las mexicanas y mexicanos no son representados por los medios de comunicación, ni reconocidos por la prensa, ni incluidos en las imágenes de la publicidad y de la cultura de consumo. La exclusión de estos millones de compatriotas de las representaciones públicas que dominan a nuestra sociedad no tiene nada de casual ni tampoco es inofensiva. Es el producto más evidente del profundo racismo que caracteriza nuestra vida nacional.

César Rangel, Racismo contemporáneo, Tríptico civilizatorio, 2017.

El combate al racismo debe proceder a la par que el cuestionamiento de esta constelación de desprecios y prejuicios que lo acompañan y lo solapan. Para ello, debemos reconocer hasta qué punto estas formas de discriminación marcan nuestra vida cotidiana, nuestras interacciones más comunes con quienes no son iguales a nosotros, nuestras maneras de despreciar y de ignorar a los que nos rodean, nuestros insultos y nuestras bromas.

En contraste con los miles y miles de víctimas anteriores que han permanecido sin nombre y sin rostro, sin familia y sin pertenencia social, los estudiantes de Ayotzinapa se hicieron dolorosa e irremediablemente visibles en el ámbito nacional… La creciente movilización de sus compañeros, de sus familiares, de organizaciones afines, de estudiantes de todo el país y de sectores muy diversos de la sociedad hizo que esa visibilidad, encarnada en los carteles con los retratos de los 43, se transformara a su vez en una demanda imperiosa al Estado y a la propia sociedad… Los 43 nos pesan a todos porque no pueden dejar de estar presentes por su ausencia ni logran estar ausentes en su presencia.

Marisol Pardo Cué.