Los tesoros del Franz Mayer



El Diccionario de convencionalismos podría
fijar así la voz “Museo”: Sitio de visita
masiva en el que sólo se permite caminar
rápido y de frente, mirando todo el tiempo
los muros laterales. E. M. Foster decía que
el no ver lo que el museo ofrece sólo conduce
a un lugar. Mirarlo, en cambio, a muchos.
Antonio Saborit.



Mirar un museo, implica no transitar irreflexivamente en el angustioso laberinto de un recorrido impuesto sino dejarse seducir, disfrutar y trasladarse, lo cuál implica cierta dosis de voluntad propia y un compromiso institucional. La concentración y disposición del espectador (porque no siempre se está en punto de ser cautivado), la buena articulación del discurso, la fuerza de las piezas, la distribución de la museografía, etc, son elementos clave que deben converger para que se establezca el diálogo y se logre el goce estético. Además, el propio espacio influye y determina el tipo de experiencia: es por ello que, por ejemplo, para hablar sobre la violencia, el misterio o la muerte se prefiera ambientar los lugares de forma oscura y lúgubre.

         Entrar en el museo Franz Mayer, es siempre una experiencia placentera. Remanso de paz en medio del bullicioso y conglomerado centro histórico, resulta el espacio ideal para exponer la colección de arte y objetos ornamentales que su recopilador pudo reunir en alrededor de 50 años. Caminar por sus pasillos, para quien sabe mirar, significa no sólo el disfrute seguro de sus piezas sino realizar un viaje hacia el mundo de sus propietarios originales.


El acervo, iniciado tras una primera inquietud del alemán, llegado a México en 1905 con apenas 23 años, por atesorar azulejos antiguos, devino en un conjunto de cerca de 21,000 objetos: 10,000 libros (de los cuales 766 pertenecen a ediciones anteriores a 1905 del Quijote en 13 idiomas) y 11,000 piezas que han sido clasificadas en 56 tipologías entre las que destacan relojes, tapetes, tapices, mantones, rebozos, pinturas, grabados, muebles, escultura, cerámica, vidrio, herrajes, plata... sobre todo de origen novohispano aunque también de épocas posteriores y varias provenientes de Asia y Europa. Sean de carácter civil, como los muebles utilizados en las casas de la alta aristocracia o de tipo religioso como atriles, mesas, cómodas de sacristía y ajuar eclesiástico, todas denotan una belleza irrefutable. Para lograr que su acervo no menguara en calidad, “don Franz” se rodeó de especialistas (artistas, historiadores del arte, arqueólogos, galeristas, anticuarios...) entre los que pueden mencionarse a Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros, Jorge Enciso, Martín Soria, Leopoldo Batres, Gonzalo Obregón, Salvador Miranda y Felipe Siegel. Las piezas fueron adquiridas en establecimientos de todo tipo: desde la lagunilla hasta reconocidas casas de subastas como Sotheby’s y Christie’s así como en galerías, bazares y tiendas de antigüedades en todo México, Estados Unidos y Europa.


Con el fin de que sus tesoros fueran exhibidos al público, en 1945, el propio Franz Mayer realizó un Fideicomiso en el Banco de México para el establecimiento y mantenimiento de un museo de arte en la Ciudad de México. El proyecto se vio materializado en 1986 y es considerado como uno de los más importantes, en cuanto a “artes decorativas”, fotografía y diseño se refiere, en Latinoamérica.

Tratar de hacer un artículo sobre toda la colección resultaría o muy general o muy extenso por lo que en esta ocasión sólo haré referencia a los muebles, parte fundamental del acervo y uno de sus segmentos más interesantes pues permite conocer la cotidianidad y el gusto de la alta sociedad en México desde la colonia hasta el siglo XIX. Comprende alrededor de 500 piezas de diferentes partes del mundo, materiales y formas. Geográficamente se puede dividir en tres: las piezas que provienen de Europa (sobre todo de España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Italia y Alemania), de Asia (en especial de China e India) y, por supuesto, la más nutrida del México colonial o independiente. Las ambientaciones en el museo permiten observar que desde el virreinato era común encontrar en las casas aristocráticas, muebles de todas estas regiones y periodos traídos a América desde el atlántico o por el pacífico en el Galeón de Manila.




Las sillas y sitiales son de los objetos más recurrentes en la colección. A pesar de que en la actualidad son muebles imprescindibles, su uso no se hizo extensivo sino hasta el siglo XVIII, cuando reemplazaron definitivamente a los cojines usados en los salones para tomar asiento. Hasta entonces se usaban las sillas de “tijera” y de “caderas” de origen romano.

Aunque provenientes de Italia, los sillones fraileros se popularizaron en España y gozaron de una dignidad especial pues eran reservados para virreyes, arzobispos o frailes (de ahí su nombre). Los fraileros conservados en el Franz Mayer dan fe de la variación de estilos adoptados en Nueva España: los hay de lo mas fríos y austeros, hasta los más sofisticados y ricamente decorados. El ejemplo aquí expuesto es de los más tardíos y muestra un rebuscado rococó. Es de destacar la fina talla de brazos, patas y faldón del asiento en la que destaca el follaje, las volutas, los roleos y la rocalla (especie de roca estilizada en forma de C) que da nombre al estilo. Los brazos, descansan sobre niños atlantes mientras que el respaldo termina en dos cabezas de influencia renacentista que suplen a las perillas tradicionales. Las patas de garra, recubiertas de follaje soportan los travesaños también profusamente ornamentados.




En cuanto a la fabricación de muebles en Nueva España es importantísimo saber que además de la influencia Europea venida directamente desde España, aquí fue fundamental el contacto con Oriente, establecido desde el siglo XVI mediante la navegación regular entre Acapulco y Manila, en Filipinas, en la conocida como Naos de China o Galeón de Manila. La aceptación de los productos chinos, japoneses o indios fue tal que éstos ejercieron un gran impacto en nuestras llamadas artes decorativas de los siglos XVII y XVIII. En cualquier casa aristócrata de entonces convivían diseños europeos y asiáticos con los realizados en el país e incluso en algunos otros virreinatos como Perú, dando pie a lo que se llamó el “lujo exótico” de las casas virreinales.


Entre los muebles más comunes venidos de oriente se encontraban los grandes cofres o baúles de forma rectangular con la cubierta curva que podían ser de madera o cuero tallados, pintados o como en este caso, aunque no tan comunes, cubiertos de fibras vegetales (sobre todo paja de arroz trenzado o de hoja de plátano) tejidas y teñidas generalmente en dos tonos resaltando los dibujos en color café oscuro sobre el color natural de la paja, tal y como aquí se muestra. La escena representada en la cara frontal, es la caza de un jabalí, una práctica muy habitual en la India. En las caras laterales contiene roleos y follaje elegantemente distribuidos.


Este tipo de muebles, cuyos primeros ejemplares en la Nueva España llegaron con la Conquista española, servían para guardar una multitud de variados objetos, pues además de como valijas, antes del siglo XVIII, hacían las veces de cómodas y roperos. En inventarios de bienes que refieren objetos pertenecientes a estamentos sociales afortunados, los baúles se cuentan por docenas. Había de muy diversos tamaños, de tapas planas, redondas, de medio punto, rebajadas, seisavadas, ochavadas, etc.


Baúles como el mostrado en nuestro ejemplo, así como muchos de los muebles que a continuación se comentarán, por la riqueza de los materiales, su rica decoración y por lo elaborado de su manufactura fueron seguramente colocados en el llamado “salón de estrado”, lugar donde la señora de las mansiones palaciegas virreinales recibía formalmente a sus invitados con música de clavicordio, cítaras y flautas, bailes y alimentos. En este lugar, uno de los más importantes de la casa, se colocaba una tarima en la que se exhibían los muebles más lujosos. Entre los más comunes se encontraban los escritorios, papeleras, bufetes (mesas), bufetillos (cajas de escribir), contadores, baúles y sillas, junto a otros objetos como alfombras, almohadas y piezas de vidrio y plata. De los muros colgaban pinturas, tapices y magníficos espejos de importación y de los techos lámparas bañadas en oro; todo con el fin de hacer gala de elegancia y distinción.






A partir del comercio que existió con Oriente, las formas de producción artesanal local se combinaron con aquellas que llegaban de Europa y Asia, lo que devino en muebles realizados en Nueva España pero con técnicas, motivos o repertorio temático europeo y/o oriental. Una de las tradiciones prehispánicas que se conservó y que fue enriquecida durante el virreinato con las influencias temáticas de allende el mar fue el maque o laca mexicana, técnica que consiste en decorar objetos con una mezcla realizada a partir de tres ingredientes principales: grasa de origen animal, extraída de la hembra de un insecto hemíptero de origen michoacano o chiapaneco, aceite vegetal que actúa como liga y tierras naturales de origen mineral, cuya mezcla, aplicada sobre la pieza en capas sucesivas, da a los objetos una textura lisa y brillante. Los principales centros de producción en el México colonial (y hasta el presente) fueron Olinalá, Guerrero y Pátzcuaro, Michoacán. Muchos de los españoles que regresaban a la Península llevaron consigo objetos suntuarios realizados con esta técnica pues les recordaba su estancia en estas tierras y los dotaban de cierto prestigio social.


         La papelera que aquí se muestra fue realizada en Pátzcuaro con la técnica del maque y retoma motivos ornamentales de origen europeo, inspirados, seguramente, en algún grabado de temática alegórica aunque combinado con la representación de la flora y fauna exóticos. Predominan los colores rojo, azul y dorado sobre fondo blanco.



En la parte exterior de este mueble fue plasmada una escena extraña: una mujer, vestida a la usanza clásica y con un báculo o vara en la mano, se encuentra sentada en un carro triunfal en forma de león que es jalado por otras cuatro mujeres. Mientras que la protagonista podría ser interpretada como una diosa, las otras podrían ser leídas como ninfas. Sobre el carro, un amorcillo toca una trompeta. Algunos piensan que se trata de Cibeles quien, identificada con la Madre Tierra, era la diosa de los animales, las montañas y cavernas, pero también de las murallas y fortalezas, una de las cuales se ve al fondo del paisaje.



Al interior del mueble encontramos 11 cajones decorados con flores orientales, hojas y casas de color dorado y rojo sobre fondo azul. En el cajón central encontramos la imagen de dos perros que persiguen un venado y al fondo aparece un edificio que recuerda un castillo de cuya torre principal sale una enorme bandera roja. Todos los cajones cuentan con contornos dorados y tiradores de hierro.










La diferencia entre las papeleras y los escritorios consiste en que a pesar de que los dos son muy parecidos, cajas prismáticas con gavetas y puertas, las primeras se destinaban únicamente a guardar dinero y documentos contables mientras que los segundos surgieron, como su nombre lo indica, para escribir, de ahí que desplieguen tablones para tal efecto. Con el tiempo, los escritorios se fueron habilitando con mas cajones y compartimentos pero siguieron conservando su función original para la cuál contaban con una o dos tapas largas de madera abatibles que ocultaban la cara frontal del mueble y que servían de apoyo al papel y al tintero. El término bargueño, con el que aún en nuestros días se designa a escritorios y papeleras, se creía, provenía del pueblo toledano de Bargas, de donde según la tradición se elaboraban este tipo de muebles, aunque hoy esta hipótesis, así como la que hace derivar el nombre de un supuesto ebanista llamado Bargas, han sido descartadas. Por ello, se ha concluido que la forma correcta para designar a estos objetos es escritorio aunque, a veces, la voz popular se impone.


Los escritorios llegaron al continente americano con los primeros españoles y se fueron popularizando y transformando con los años tomando diversas influencias de los distintos territorios pertenecientes a la Monarquía Hispánica en donde se realizaban. Para transportarlos de un lugar a otro contaba con asas laterales y cada vez se les fueron agregando mayor número de compartimentos de distintos tamaños que se colocaban de forma simétrica. A los que tenían cajones secretos para guardar alhajas, dinero o cartas de amor, a los que se accedía únicamente por medio de llave, se les denominaba secreters. De hecho, el número y tipo de compartimentos, sus materiales, las técnicas de ejecución y los motivos decorativos permiten a los investigadores, en muchas ocasiones, datar los muebles y ubicar su procedencia. El comercio permitió la difusión de ciertos estereotipos que influenciaron la producción de otros centros y que a la vez fueron enriquecidos con las particularidades propias de cada región como los materiales o algunas técnicas decorativas.

En este armario, por ejemplo, puede percibirse cierta influencia mudejar en su decoración por lo que no sorprende que sea un mueble granadino. Su ornamentación consiste en pequeños polígonos estrellados, rosetas, rombos y demás figuras geométricas de hueso y metal incrustado en las maderas preciosas. Termina en taquillón (pie corrido) a diferencia de los que lo hacen en patas abiertas.






Desde la antigüedad, la necesidad de medir el tiempo hizo que los hombres diseñaran mecanismos con tal fin. Los egipcios lo calculaban con aparatos que medían el movimiento de sol por el correr de las sombras o con la clepsidra (una especie de reloj de agua). Existen varias versiones sobre el origen de los relojes de pesas y ruedas pero en general se coincide en que fue en el s. XIV en Inglaterra y que pronto se extendió su uso al resto de Europa. Ya en el siglo XVII Christiaan Huyges aplicó a los relojes de torre y pared el péndulo cuyo descubrimiento se debe a Galileo quien también inventó el muelle de espiral a los de bolsillo. Fue entonces que empezó a convertirse en un objeto de uso cotidiano que se perfeccionó con el paso de los años al ofrecer mecanismos mas exactos. En el siglo XVIII la industria alcanzó tal apogeo en Europa que ahí los relojes se convirtieron en un juguete decorativo y lujoso. De este modo aparecieron los fechadores, los de caja de música o de sonería, los indicadores de fases lunares y los autómatas, entre otros. Ya fueran relojes de pie (los llamados “abuelos”), de mesa, de bolsillo o de pared, su uso contribuía a aumentar el prestigio de su poseedor y su fina y sofisticada ornamentación los convirtió en magníficas piezas de arte en todo tipo de ricos materiales (diferentes maderas, carey, marfil, concha nácar o de tortuga, mármol, bronce, etc.) cincelados y calados o bien chapeados, laqueados, pintados o solamente barnizados. Tal fue su atractivo que las colecciones de relojes se tornaron parte fundamental de palacios europeos y orientales.


Como pasa con  todo mueble, su forma, material y tratamiento dan razón de su procedencia: los holandeses generalmente presentan trabajo de marquetería e incrustación mientras que los ingleses se distinguen por su chapeado en caoba y raíz de nogal, así como por sus aplicaciones en metal.


En la colección, la cantidad de relojes de todo tipo delatan la fascinación que ejercieron sobre Franz Mayer. Su número y variedad son tales que por sí solos podrían integrar un área especial de exhibición. Todos destacan por su enorme calidad: relojes de pie o “abuelos”, de mesa, de pared, de bolsillo, de arena, de sol... Es por ello que escoger uno resulta difícil. Esta hermosa pieza alemana de mesa (aunque podía ir también sobre cómodas, escritorios o libreros), realizada en bronce, se encuentra profusamente calada, como si de un encaje se tratara. Figuras mitológicas de dioses, ángeles y demonios se combinan con aves, jarrones y formas ondulantes en una especie de alucinación fantástica. La caja, rematada por una balaustrada, se encuentra flanqueada en sus cuatro orillas por sendos florones, al centro, sobre una especie de cúpula sobre tambor, cuidadosamente cincelados también, el dios Cronos vigila, cual centinela, el paso ineludible del tiempo.



 




La región de Oaxaca, durante la época novohispana, fue un gran centro productor de muebles. De entre las más bellas obras de artesanía realizadas allí se encuentran los baúles, bufetillos (pequeñas cajas para escribir de tapa plana), arquillas, arcas, arquetas, cajas, escritorios y papeleras realizadas en la zona serrana de Villa Alta de San Ildefonso con su característica técnica conocida como zumaque o zulaque la cual ha sido definida de la siguiente manera por Hilda Urréchaga: “sobre una estructura de madera, lo que suele llamarse alma de la pieza, que en el caso villalteco fue de pino o cedro, se fijan las maderas que crean los fondos (linaloe, cedro, granadillo, ébano). Estas maderas se asientan con adhesivos y son reforzadas con clavijas. Sobre estas superficies se dibujan las siluetas de las figuras a partir de plantillas, que puede ser la figura definitiva, para luego ahuecar con herramienta de corte la huella de dicha silueta donde posteriormente se embute la misma; finalmente se hacen las incisiones o hendiduras que crean el dibujo interno y se rellenan con la pasta de zulaque. En cuanto a las figuras, hechas de maderas de cítricos no se puede descartar que algunas se hayan esgrafiado fuera de la estructura, es decir, antes de embutirlas, ya que hay muchos motivos repetitivos como mascarones de grutescos o flores, que pueden llevar a pensar que en Analco [barrio de artesanos] hubo una producción seriada que utilizó patrones o calcos según las necesidades de cada obra”.


Durante muchos años se especuló sobre los componentes de la pasta con la que se rellenaron los contornos de las figuras, sin embargo, un reciente estudio del Museo de Bellas Artes de Boston asegura que se trata de carbón de madera y un pegamento hecho a base de piel de animal como cola de conejo. Con la pasta obtenida se formaban hilos que se insertaban a presión en los surcos realizados en la madera para ornamentar el mueble con paisajes, escenas o figuras orgánicas y geométricas. De este modo, se lograba resaltar los motivos decorativos en negro aunque algunos ejemplares de gran calidad, presentan diversas tonalidades combinadas como el verde y el rojo. La decoración empleada era muy variada y abarcaba desde los temas emblemáticos hasta los religiosos, pasando por la heráldica y las escenas costumbristas, los animales y las plantas. Las cenefas llevan generalmente diseños geométricos, florales o combinados algunos tomados de la arquitectura prehispánica, otros de la fauna y flora local (ocelotes, colibríes, salamandras, monos, maíz, nopal, etc.), y otros más de grabados españoles y flamencos. Su belleza, maestría técnica, la calidad de sus materiales –que hicieron que muchas de ellas sobrevivieran hasta nuestros días- hicieron de estos muebles un artículo muy apreciado y un claro marcador del prestigio social de sus poseedores. Hasta hace muy poco se creían provenientes de España, Italia, Flandes o Alemania.


La composición representada en la cara frontal de esta arqueta es muy simétrica: dos figuras humanas, una masculina y otra femenina, flanqueadas cada una con una exótica planta gigante, parecen encontrase en un galanteo amoroso. En medio de los personajes vestidos como figuras de naipes, un peculiar racimo de flores y el primoroso herraje calado dividen en dos la composición. Tal vez esta arqueta, en la que las señoras adineradas guardaban enseres y tejidos, fue realizada como parte de un ajuar de bodas, de ahí las escenas que lo acompañan. En la cara superior, dos figuras femeninas que portan amplios vestidos caminan o danzan sosteniendo con una mano un plato y una flor respectivamente. Todas las escenas se encuentran enmarcadas por una cenefa con motivos geométricos y florales que simula un encaje.





El diseño de estos muebles proviene del de las “alacenas”: grandes huecos cavados en la pared de comedores y sacristías, de forma rectangular (horizontales o verticales), que se cerraban con puertas y eran utilizados para conservar alimentos. Su practicidad dio pie a la creación de los armarios que, como su nombre lo indica, funcionaron primeramente para almacenar armas, por lo que no eran muy profundos. Ya desde el siglo XVI, comenzaron a aprovecharse para guardar ropa (“roperos”) y menaje de casa pero no fue sino hasta el XVII cuando se popularizó su uso desplazando paulatinamente a los arcones y baúles utilizados para tal fin.



Este ejemplar es un típico armario flamenco de la segunda mitad del siglo XVIII caracterizado por su decoración ondulante, su copete de perfil mixtilíneo y sus faldones o molduras ondeadas. El uso de las rocallas en sus remates y de su amanerada distribución de flores y aves lo convierten en un primoroso mueble rococó que encanta tanto por el diseño de sus formas como por la agradable combinación de tonos marrones que presenta. Vale la pena reparar en sus herrajes, también en forma de follaje.






Aunque en España los cocos tallados servían ya como objetos decorativos, durante los siglos XVIII y XIX estos adquirieron un uso: en ellos se servían pequeñas cantidades de bebidas, entre ellas chocolate, introducido en Europa tras la conquista de América y enriquecido ahí con leche y azúcar. Estos curiosos objetos de delicada factura y larga conservación, se fabricaron en diferentes lugares de Europa (Alemania, España y Francia principalmente) y también en América. El proceso de su elaboración se llevaba a cabo en dos partes: primero el coco era tallado y decorado con aplicaciones de metales, concha y piedras semipreciosas y posteriormente era engarzado en plata, formándose un pedestal en el que ocasionalmente se escribía el nombre del poseedor, el año y el lugar de su manufactura. Este objeto nos recuerda que durante la época colonial, el chocolate era aceptado como una bebida de lujo y prestigio colonial por lo que a la vez que servía para colmar algunos placeres personales, era ofrecido en gesto de hospitalidad a los invitados.






Durante las civilizaciones egipcia, griega, etrusca y romana, los espejos eran hechos de metal bruñido, generalmente cobre, plata o bronce y tenían forma ovalada con un mango que permitía su fácil manipulación. Ya desde entonces era común decorar su cara posterior con grabados o relieves mitológicos.


En el siglo XIII se comenzaron a fabricar de vidrio y cristal de roca sobre lámina metálica (o con amalgama de plomo y estaño que son los espejos azogados), pero no fue sino hasta el siglo XVI que comenzaron a usarse como muebles de habitación. Dotados de un marco elegante eran colocados en un lugar distinguido en el salón aunque todavía tenían dimensiones reducidas. Convertido ya para entonces en un artículo de lujo y de moda entre la alta sociedad europea de la época, en el siglo XVII las fábricas venecianas lograron aumentar su tamaño lo que elevó su costo y los encumbró como símbolo de estatus para las familias más pudientes. Entonces se apreciaban casi a la par que las pinturas de los grandes maestros pues con sus bellos marcos no sólo se decoraban las habitaciones más ostentosas sino que se lograban efectos reflectantes en amplios espacios de los palacios.



Debido a su alto costo y a su inagotable demanda, la avidez por el mercado de este producto era tal que incluso, en 1666 estalló una guerra entre la Francia de Luis XIV y la ciudad de Venecia que conservaba celosamente el secreto de elaboración de los mejores espejos conocidos hasta entonces en el mundo entero.



Este ejemplar estrellado es clara muestra de la maestría y calidad de formas, diseños y texturas. No sólo el espejo debió relumbrar en la habitación donde fue colocado sino también el marco dorado ricamente calado.



Los primeros biombos en la Nueva España fueron traídos desde Japón como regalo del Shogún Leyasu al virrey don Luis de Velasco. Se dice que con ellos llegaron un grupo de artesanos japoneses que se establecieron en Puebla para enseñar la técnica de elaboración de los “byobus”(del japonés byo: protección y bu: viento), a los mexicanos. Su belleza y funcionalidad hicieron que muy pronto se popularizaran en amplios sectores de la sociedad novohispana pues además de proteger del frío y de las corrientes de aire y de dar intimidad en las recámaras (sirviendo muchas veces para vestibular un pequeño vestidor) servían para tapar la tarima del salón de estrado. A los que cumplían esta función y que generalmente eran más bajos y con más hojas que los demás, se les llamaba “rodastrados”.



         Sus grandes superficies fueron aprovechadas para plasmar escenas, generalmente profanas (mitológicas, humanísticas, paisajísticas o históricas), ya fuera por encargo o al gusto de los artistas o artesanos que los decoraban. Muchos fueron pintados en México y llevados a España donde eran muy apreciados.



         Siendo uno de los highligts del museo y una pieza de excepcional valor, resultaría casi imposible dejarlo de lado en una lista de favoritos. Se sabe que este “rodastrado” perteneció a los duques de Moctezuma radicados en España y que fue adquirido por Franz Mayer por intermedio de Ramón Aranda.



         Tal y como ya lo ha explicado Gustavo Curiel, biombos como este nacieron a raíz del orgullo criollo que se fue gestando en la Nueva España para la segunda mitad del siglo XVII. Fue entonces cuando los “motivos de la Tierra” (los temas y símbolos vinculados a la historia, las costumbres y tradiciones locales) pasaron a formar parte del repertorio artístico y artesanal cubriendo no sólo lienzos sino también la superficie de muchos objetos de uso cotidiano, especialmente de biombos. Esto fue un síntoma de la necesidad de los españoles americanos de diferenciarse de los peninsulares y de reivindicar su figura como los “verdaderos y legítimos herederos de estas tierras”.



         En este caso la escena de conquista se presenta como el hecho que marcó la irrupción del criollismo en la historia, en especial, el encuentro de Cortés y del emperador Moctezuma, acto de extrema civilidad y cordialidad que selló el pacto entre los dos mundos (en este caso se evitó plasmar la escena de la caída de México Tenochtitlan con la captura del último tlatoani, Cuauhtémoc). La reunión de ambos personajes desencadenaría toda una serie de sucesos que culminarían con la creación de la Ciudad de México, ciudad fiel a la corona y a la Iglesia y el reino más poderoso de América, cuya vista puede apreciarse al otro lado del biombo.



         Sin duda, esta es una pieza que ningún visitante al museo debe perderse. Cada una de sus magníficas escenas merece una observación atenta y un comentario especial que rebasaría los objetivos de este artículo pero que tal vez puedan servir de especialísimo pretexto para otro en un futuro.