La Chuyita


  • Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas. ...




Creen que estoy ida que regresé medio mal, pero nomás regrese triste y sola. Solo regresé rica. Agarré todo el dinero y lo enterré, en el mismo lugar donde mi apá busco el tesoro, en el boquete aquel que hizo cuando le dijeron que espantaban y que había dinero enterrado. Ahora sí que hay; dinero digo. Me lo gané es mío y lo quiero ahí. Creen que no oigo, porque no hablo. Creen que soy tonta porque solo miro. No hablo; no tengo nada que decir.

Muchos sueñan con el otro lado. Que es cualquier lugar, que no es donde estás. Para mi es pasando la reja que separa a los de allá  de los de acá. Y no digo que sea feo, si es rebonito más que acá, que es de donde soy.  El pasto es más verde allá, el cielo más azul. Pero ni así me hallé.

No hubo grandes muertes, bueno una. Ni grandes vidas. La mía es pequeña, pero es mía. Ni cambios, pus ni el idioma tuve que aprender, sonaba chistoso como cantado. Todas las morras eran como yo, aunque dicen que yo venía más inocentona, eso creen.

Si solo se vestían diferente, más peor digo yo. Si en el pueblo nos gustaban los trapitos bonitos. Mi apá siempre me daba para un vestidito. «Pal domingo, pa misa mija». Y yo le daba gusto. Éramos hartos, doce, pero mi apá siempre me prefirió a mí, la grandecita, me decía.

Cuando me fui se le aguaron los ojos, cuando regresé no dijo nada. Nomás me dio unos centavitos, «pa tus vestidos», me dijo y fue a la huerta. Si nomás me fui dos años, fue lo que me duró el gustito. Y aquí sigo, plantada como la higuera de la entrada, a veces seca, a veces menos seca.

Con las cosas que me traje en la cabeza y que me dan harta lata, si dicen que hablo sola pero nomás me estoy acordando. Me viene al pensamiento la casa de la señora donde trabajé, tan grande, bonita y limpia; los escuincles que se portaban remal, mi amá me hubiera volteado la cara si le hablaba así feo. Lo que más me gustaba era el jardín, tan verde, el pasto parecía de mentiras.

Es que cuando vienes de acá, allá todo parece de mentiras como un cuento de niños;  (como una película). Ya ves aquí entre tanta piedra, ni los mezquites se dan. Lo que más me costó fue la comida, que mi amá, que Dios tenga en su gloria, cocinaba retesabroso.

Allá pus disque había comida de acá pero no era igual, no sabía igual. Y sola, nada sabe sabroso.

Todos se quedaron acá, mi apá me dijo si te vas a ir con ese, agarra tus chivas y vete. Y las agarré y me fui. Y pus luego regresé cargando con la vergüenza pero con harta lana, porque ese, se casó conmigo del otro lado. Y luego se me murió. A mi amá le daba el infarto si vivía en pecado, como decía. Y yo decía pus ¿cuál será el pecado? ¿el arrimón? nunca me atreví a preguntarle... como se la pasaba en la iglesia. Y la verdad ni que fuera pa tanto.

Lo conocí cuando estaba bien morrita, doce años. Íbamos juntos en la primaria. Él se sentaba delante de mí; se la pasaba molestando. Me decía hartas cosas, si sabía hablar bien el muy canijo. Vamos güerita a dar la vuelta al cuadro, yo me escapaba; mi amá con doce ni cuenta se daba.

Dábamos la vuelta, me compraba mi nieve; lo quería; lo quise mucho. Lo volví a ver el día que se apareció en mi puerta y me dijo. Vine por ti como te prometí: agarra tus cosas, nos vamos. «¿Pos pa dónde?» «pal otro lado» «¿pos onde es eso?» «pos allá, ya te dije».


Y me fui. Así sin casarme, sin decir ni agua va, me fui. Si siempre le gustó el otro lado. Su apá tenía huertas de guayaba igual que el mío y pos no éramos ricos pero no pobres; no así como los de enfrente, que se les desaparecía el apá y lloraban de hambre. Mi amá que ya bien tenía un montón de escuincles que alimentar, se los traía y les daba algo. Mi apá se los llevaba a la huerta y lo ayudaban.

No éramos así pobres, ni ricos como la familia de él, que tenían camionetas bien grandonas y negras, y una casota rosa, bien fea, pero bien grandona. Todos los hermanos se habían ido p´allá y habían traído hartas cosas que disque acá no había.

Yo ni me había dado cuenta que no había pero ya cuando las vi estaban retebonitas. Unas teles grandes y negras y radios que sonaban bien fuerte y hasta aparatos que cocinaban bien rápido. Después de tanto ver cosas y cosas, yo también las quería. Y él me dijo que allá me las iba a comprar todas.

Mi apá me decía que allá no iba a poder ir al cerro y a la huerta con él como acá, que la vida era más dura; no le creí. Pa mi allá era solo no acá. Y en la huerta cuando el sol se ponía bien rojo y las guayabas brillaban, lo único que quería era irme para allá porque allá estaba él.

Mi apá se había ido también cuando era morro, y el pueblo se le hacía chiquito. «Hacía lo mismo que aquí mija, trabajar el campo todo el día, solo que allá el campo no era mío. Acá en este pedazo de tierra está mi campo. La huerta es mía y están ustedes».

Y no era la única que se quería ir, si todos mis hermanos no más hablaban del permiso pa pasar. Y muchos se fueron. Se fue el Pepe que era el que más me quería, y se fue el Ricardo que regresó unos días después todo mugroso y llorando y nunca dijo que le había pasado. Y se fue el hombre de la Rosa que aparecía cada invierno cuando había poco trabajo allá.

En las navidades era cuando se llenaba el pueblo todos los huercos que se arrimaban allá, se venían juntos cargados de regalos para los de acá.

Todavía se van, todavía el pueblo parece un pueblo de mujeres, sólo los críos arrimados con sus amás, cuando crecen se van pa allá. Por eso cuando él vino por mí pa llevarme me dio gusto. Él quería que yo me fuera con él, no me quería dejar atrás como los otros. Como cuando había fiesta, yo siempre iba con él. No como mi amá y la Rosa, y la Marisol que se quedaban en la casa siempre con los hijos. No, yo iba con él a las fiestas y por eso me fui con él para allá. Me dijo espérame y lo esperé; me dijo cásate y me casé; me dijo vámonos y me fui.



Me dijo quédate, espérame, voy a mandar por ti cuando tenga dinero. Tenía trece años y lo esperé. Aquí en el pueblo, aquí con las piedras y los guayabos. Aquí después de misa, aquí en las fiestas. Mis hermanas se casaron y yo lo esperé. Mi amá me dijo te vas a quedar a vestir santos, y yo lo esperé.

Y bien que vino por mi, y bien que me hizo una boda, aunque nunca me hizo un hijo, ni trató el canijo, yo quería un chiquillo igual a él.  Así a mi niño si le hubiera dado mi dinero. Tuvimos boda y todo, banda y todo y una comilona, y harta gente.

Morros y morras vestidas de azul, con sombrero y bota, con mezclilla y piel. Dicen que el dinero brilla allá; que todo brilla allá. La mera verdad yo nomás vi la misma mugre; solo más limpia. La misma pobreza solo que menos fea. La tierra de aquí es de otro color, más como roja, el olor es más dulce. Allá todo me supo a soledad.

Pero bien que les gusta, ya ves a mis hermanas las dejan aquí en el pueblo todo el año y vienen y les hacen sus casotas y les dan sus camionetotoas y las muy pendejas están bien a gusto. Si no mas vienen y se les cuecen las habas por regresar.

Pero el Piña vino a por mi y me llevó pa allá, no tenía papeles, ni yo ni él, pero estaba bien acostumbrado a cruzar, bien de noche, bien calladitos. Así hay que vivir allá sin mucho ruido. Me decía —mi güerita espérame, mi niña ya vengo. Y  vino, mejor lo hubiera esperado un poco más. Pa lo que me sirvió.

Si nomás lo veía de noche cuando venía ya recansado, le hacía carne con papas, cómo le gustaban, con chile guajillo del que hay en el pueblo, más rojito, mas chico.

Era disque jardinero, era disque jornalero, era disque tantas cosas. A mi me llevó a casa de la pelos de elote esa. Era güera pero no como las de aquí del pueblo, era transparente; era fea.

No era mala hasta eso, no más era tonta. Se iba todo el día quien sabe a donde y me dejaba a los chamacos que ni me entendían. Pero me daban pena los pobres, siempre solitos, no es que mi amá jugara con nosotros. Con doce, pero nunca estábamos solos. Siempre había harto ruido y gritería.  

El silencio fue lo que más me caló, se me metió a los huesos, no puedo sacarlo de aquí adentro, se quedó conmigo para siempre.  De allá ni me gusta hablar, es rebonito así como en las películas pero uno siempre es diferente; siempre es de fuera. Está ahí pa servir, pa guardar silencio, ni las penas puede uno llorar a gusto. La gente te mira raro, están siempre reteapurados y ni se hablan. Sábe… es raro; pos es allá pues.






Era de noche, bien de noche, cuando sonó el teléfono, una mujer se murió, Juan franco se murió «he is dead I´m sorry» «¿Qué dice?» Fui corriendo con los hermanos del Franco, y no me acuerdo más.  Si tenía su gringa para que carajos me trajo aquí. Se mató con ella, esa noche que tan bien habíamos estado, que tanto le habían gustado los frijolitos que le hice.

—¿Y tú para que quieres aprender ingles pues?

— Pa entender, creo que le dije.

— Pa qué no ves cuántos años llevo acá y ni sé el ingles, ni falta hace. Ya ves bien que encontrastes el trabajo de criadita, mi güera de rancho. Quién te viera con tus pantaloncitos pegados y tus blusitas rojas.  A poco no te gusta aquí. Ira que cosas mas chulas tienes, todas tus máquinas esas, ¿a poco allá las tenías?

— Estoy sola Franco, en la casa esa ni me entienden, aquí tus hermanos y sus mujeres ni caso me hacen, me ven menos. Si las cuñadas supieran a que se vienen los maridos. ¡A trabajar! como si no tuvieran trabajo allá en la huerta de tu apá.

— No te traje aquí pa que te estés paseando, si bien que te dabas tus vueltas en el cuadro del pueblo ya me dijeron, por eso fui por ti te iban a robar por ahí.

— Te fuiste mucho tiempo Franco, ya creiba que no regresabas.

— Y pus sola estas de puro gusto, a ver si ya te embarazas vieja que para eso te traje, este chamaco va a ser gringo, nos va a facilitar las cosas acá.

— Pero ya ni tratas, ¿cómo me voy a embarazar? Además yo ni quiero ser gringa como tú. Me voy a regresar Franco.

La llevábamos bien, cuando no tomaba o venían sus amigos, o venían sus amigas, o buscaba pleito en las siembras y se quedaba sin trabajo, o …El día que se murió cuando colgué lloré dos días y nunca mas vuelvo a llorar. Creen que estoy loca porque no lloro; porque no digo nada. El dinero es mío y aunque me lo quieran quitar va a ser siempre mío si me lo gané en un año de estar aguantando golpes, insultos y soledades. Cuando era chamaca y me iba con mi apá a la huerta, el olor a guayaba a tierra mojada, el calor siempre encima, si yo no quería más, me hubiera conformado.

Una casa, con su huerta, un corral con animales, niños muchos como mi madre y mi abuela, problemas pequeños, desengaños diarios. Si nos creíamos tanto, mis hermanas y yo. Las más lindas, las más güeras, allá me di cuenta que hay diferente tipo de güeras tanto que se creen con sus ojos azules, para lo que valen aquí.

Se murió y ahí terminó. Me dejó el seguro, mucho dinero verde, del que dicen que brilla más, del que está enterrado y el que ya debe estar bien café. Mi papá lo quiere pa la huerta, mi hermana pa un restaurante, yo pa consuelo, y desconsuelo; pa que digan que estoy loca con todo lo que tengo o podría tener, y me quedé en casa de mi abuela, sola con mi huerta y mis animales. Los hijos no los tuve, no los quiero son malagradecidos. Pa muestra basta un botón yo no puedo deshacerme de mi tesoro para dárselo a mi familia. Pero es que creo que si se los doy que si desaparece, desaparezco yo con él.

Ellos lo querían todo, me lo querían arrebatar, después de todo solo estuvimos casados un año y dos noches. Solo compartió conmigo dos noches, ¡Y quería que me embarazara pos ni que fuera la Virgen María!  Voy a morirme con dos noches solamente. Y un dinerito. Dijeron que lo había matado, pero cómo si ni sé donde estaba, ni sé con quién iba, ni sé onde estaba yo.

Cuando me trajo acá, o allá, al otro lado que no era este, el lado que yo veía era igual o más feo que de donde venía. No vi el sol brillar, no vi el dinero verde y brillante, no oí la música más clara. Sentía más mi corazón y oía más mi respiración, y sentía más mi soledad. Silencio, y ruido; gente y calles; coches y ya me voy.

Anitzel Díaz