Ese es otro cuento…



JOSE MANUEL MERELLO.

Llegamos a la capital cuando tenía doce años, estaba muy niña, pero me sentía ya grande. Fue un golpe duro venir de provincia, desde que me bajé del tren y escuché el modo de hablar el ir y venir de carros, allá no había tantos. Y nomás de acordarme todo lo que nos habían contado de los asaltos y la inseguridad, veníamos asustadísimos, la mera verdad nunca me ha pasado nada; de inseguridad y esas cosas digo. Mi mamá se vino siguiendo a Don Fernando, pasó un día por el pueblo y se la llevó, ni cuenta nos dimos, llegamos y la abuela estaba anegada en lágrimas, solo nos dijo entre sollozos que la Carmen, su hija se había largado y no iba a volver más. Estábamos medio acostumbrados a que la negra, como le decía la abuela, desapareciera. Pero nos gustaba que se fuera porque cuando regresaba, siempre venía cargada de regalos, dulces y disculpas y por un rato mi hermano y yo podíamos hacer nuestra santa voluntad. Pero luego se ponía mala, se le ponía la cara roja de muina y nos pegaba, ahí sabíamos que ya se iba otra vez. Pero esa vez vimos a la abuela mal, agarró la ropa, y se fue para el lavadero, solo nos soltó dos pesos para comer y se fue. Nos miramos, mi hermano y yo y nos fuimos a jugar, éramos chamacos, muy chamacos. Pasó el tiempo y la negra no regresaba, el dinero se estaba acabando nos dábamos cuenta por la sopa cada vez más rala, la abuela lavaba y planchaba para las viejas estiradas de Hermosillo, lo odiaba, que fuera lavandera. Yo iba a la misma escuela que las chiquillas esas, las monjas se apiadaban de mí, eso de apiadarse, me cobraban la entrada a su manera, y como yo era retechula peor, las canijas escuinclas y monjas me hacían la vida de cuadritos. Y la negra no volvía, y mi hermano se dio al vago, ni llegaba a la casa, y la abuela se le ponían los ojos chuecos de llorar. Hasta que un día empezó a empacar   nuestras chivas nos agarró y nos subió a un tren, no se cuanto tiempo después llegamos a la capital.   



¡Ay Dios! casi se me caen los calzones cuando llegamos, ya sé que donde vivíamos no era mas que un montón de tierra, un calor del infierno, y nosotros no éramos más que un trío desahuciado; dos escuincles mugrosos y una vieja cargando una vida de penas. Cómo recuerdo ese primera vez que ví esta ciudad. Se me llenaron los ojos de lágrimas de puritito asombro, de puritito miedo. Tanta gente, tantas casas, tanta mugre Yo me sentía en otro mundo y no éramos ni un millón en esa época, pensar en lo que es ahora la ciudad, mi ciudad.

La negra, que a partir de ese momento fue mamita linda, nos recogió y nos fue a meter a una vecindad, en la calle de San Miguel ahora creo que es Izazaga por Pino Suárez en la esquina esa donde ahora esta el tianguis de chucherías. 

Pues ahí llegamos, muertitos de miedo y con eso de que espantaban peor, muchos años después me enteré de que había unas piedras viejas abajo, de la época de los aztecas, se me pone la piel de gallina, con razón espantaban.

Nosotros no estábamos acostumbrados a estar encerrados, pobres sí, pero también libres, en el campo la gente es así; los niños mugrosos pero libres. Aquí en la ciudad me sentí oprimida encerrada en un cuartito, allá, como sea, la casa tenía varios cuartos y un patio central, donde mi abuela tenía pájaros, y un corral, lleno de animales. Me acuerdo de la cocina era enorme, tenía una estufa grande de leña, y la huertita, con cinco árboles nomás pero le daba alegría al lugar. Es lo que más me costó estar encerrada. Aunque tengo que admitir hay cosas que agradecí la magia de la luz eléctrica, allá nos alumbrábamos con quinqués.



La negra, o mamita linda, tenía una cenaduría, La Lolita, un restaurante según ella; un changarrito según yo. La ayudaba la Nicanora, ay la Nica como me acuerdo de ella. Me alcahueteaba siempre, fue mi amiga.  Yo disque iba a la escuela, Empecé a ir a una  que estaba en la Calle de Nezahualcoyotl , hasta hoy día es escuela, en la mañana era la república de Argentina, y en la tarde República de España. Como me acuerdo del maestro Tacho, mira que le gustaba platicar conmigo porque le contaba que mi papá trabajaba en el gobierno del estado de Sonora y lo mandaban a las reservas yaquis.

Yo acompañaba mucho a mi papá, me acuerdo que los asentamientos de los yanquis se llamaban Vicam, Potam y Vacum. Ay mi papá un buen día dijo que se iba para su tierra en Veracruz, pero nunca más volvió, un día lo fui a buscar, pero ese es otro cuento…

La puritita verdad nunca se me dieron las letras, tengo la cabeza un poco dura o como decía el Don tienes aire mi chatita, me gustaba más irme a pasear, a contonearme por ahí, ya estaba yo entradita en la  adolescencia y me sentía reina, y por un tiempo lo fui; reina digo. Hasta que de sopetón me bajaron a la tierra pero ese es otro cuento…

Nunca me había dado cuenta hasta ese momento de cómo me miraban los hombres, ¡ay! como me decían cosas en la calle, me ponía roja como un tomate y caminaba rapidito. Había uno en especial un cadete. Mi primera ilusión, en ese entonces vivía a tres cuadras de donde estaba la escuela de Enlace y transmisiones era un colegio militar y ahí lo conocí tenía 18 años, se llamaba Hugo, era hijo de un General.  Un tipo grande blanco, bien guapo, era el abanderado de la escuela, nuestro noviazgo fue de recaditos y cartitas, le mandaba mis pañuelitos bordados y él de un jardín que estaba frente al hospital Juárez cortaba florecitas y me las mandaba con la Nicanora. En ese entonces todos eran militares, ya ves que el Gral. Ávila Camacho fue el último presidente militar; todos los presidentes después de la Revolución fueron generales. Muchos de ellos no sabían ni escribir, firmaban poniendo la huella, a Fernando cómo le enojaba eso, él no pasó de Capitán por un defecto que tenía en los ojos. Hasta mi padrino era General te digo que en esa época abundaban. Ay mis padrinos tan buenos, y la madrinita que mal terminó la pobre es que los hombres son canijos, no creas. Los Garay Olguín, mis padrinos siempre me invitaban a pasear, ellos vivían  en la Roma en la calle de León de las Aldamas, o creo que era León de los Aldama. La casa era grande, de piedra, tenía un jardín enfrente muy lindo con muchas rosas.  Luego se cambiaron a Los Álamos en la calle de Andalucía en una casa preciosa con alberca, sala de juegos, mesa de billar. En ese entonces vivía en dos mundos, ahora nomás en uno.

Entre semana el de mi casa con mis paseos al zócalo, que era un parque rebonito con pasto y banquitas ahora es un pedazo de cemento, y el fin de semana el mundo de mis padrinos de bailes en Palacio Nacional, en el Frontón México, y la ropa prestada. Elizita era un poco mayor que yo y siempre me pasaba su ropa, a mi la verdad no me importaba, nomás cuando mi hermano me echaba el quiquiriquí me daba vergüenza, ya vez que cuando te dan ropa usada dicen ya trae gallo. Pero siempre fui muy barriotera, si me hubiera ido con mis padrinos como me decían, no hubiera vuelto a mi barrio otro gallo hubiera cantado, ya ves mi ex vive en Las Lomas, pero ese es otro cuento…

Preferí a mi cadete pobre, que al abogado rico, y no creas a veces pienso que hubiera sido de mi, ¿habría podido ser yo de esas viejas que no hacen nada todo el día, con chofer y todo? no creo, me gusta mi barrio, sus colores, su olor, su gente. Cuando llegamos aquí el Don y yo era tan lejos de todo. Era lejos era como el campo me acuerdo antes de que entubaran el Río Churubusco era lindísimo, con alcatraces en la orilla; era un placer caminar por ahí, pero me estoy adelantando, es que la cabeza ya no se ni donde la tengo. Mi pobre cadete un buen día se me murió, que pena me dio, mucho tiempo creí que era mi culpa, se me metió en la cabeza que estaba embrujada o algo, es que una vez una disque bruja me dijo que me habían echado el mal de ojo y yo me la creí, me pasaban retehartas cosas y yo ni sabía. Pues un buen día después de que fuimos a pasear a Xochimilco el Hugo y yo, a que como me acuerdo de ese paseo era la primera vez que iba, y el Hugo que se renta un Ford, yo hubiera preferido un Chevrolet con el dicho ese de que ¡hay Ford ni que fueras Chevrolet! pues yo quería ver uno Chevrolet digo, pero fuimos en un Ford alquilado, con chofer y todo, lo rentamos por todo el día, nos llevamos a la Nica y a mi pobre abuela y nos fuimos, nos escapamos todos, a mi se me salían los ojos de ver a las indias vendiendo flores, sin zapatos, y con sus trajes de manta, me imaginé que el Lorenzo Rafail me cantaba, como disfruté ese paseo pero con lo que pasó después, no volví hasta hace poco a Xochimilco, y que pena que me dio tan lleno de gente, y tantísimas trajinares que ni se podía pasar, mejor me bajé, pero estaba en mi pobre cadete, mi Hugo, una semana después del paseo que viene la Nica toda compungida y con la cara verde, pos que te pasa mujer, hay niña no se si decirte, que suéltalo, pues que Hugo está en el hospital remalo niña.  Cuando llegué al hospital ya se me había muerto.



Amores tuve muchos, hijos varios, no todos del mismo papá, pero nunca olvidé a Hugo, mi hombretón grandote y fuerte. Recuerdo a uno también que se volvió famoso después, creo que ya era famoso era mucho más grande que yo y la Negra lo odiaba, nunca pude decirle mamita linda; nunca lo fue. Ay como me hizo la vida negra, la condenada negra. pero este pintor se me hacía curioso vivía frente a la vecindad y lo visitaba mucha gente que se veía bien elegante, fue el primero que me llevó a Bellas Artes, cuando había que ir bien pipiris había que ponerse de largo y todo de pipa y guante como dicen, yo me llevé un gallito de Elizita, si hasta parecía yo gente fina, ya ves ahora hasta en chanclas puedes ir, no creas yo extraño eso de arreglarse, hasta para ir al cine uno tenía que sacar los mejores trapos y no se diga para el bailongo que bien que se me daba, en un salón de esos conocí al Don, y este si que me puso en paz, pero ese es otro cuento…

Cuando pienso en lo que habré visto yo, si cuando nací no había ni luz, y cuando llegué aquí, se veía el cielo y había trolebuses, y éramos bien pocos pensándolo bien, con todo lo enorme que se me hacía todo esto éramos re pocos, ahora ya no quepo aquí, siento que mis pensamientos se encierran conmigo, y la ciudad me asfixia. Pensar que fuimos de los primeros en llegar a la Colonia del Valle, junto con los Abogado, ahí hay otra historia, mi pobre abogado Abogado, se fue de mojado disque para darnos una mejor vida a mijo y a mi, cuando regresó ya estaba yo con el Don lejos acá en Coyoacán. Lo que más me gustaba, y me sigue gustando es cuando se ven los volcanes, cuando después de un día de vientos recios, los dos se alzan nevados y nos miran. Siempre añoré mi tierra y nunca volví, ahora me doy cuenta que  nunca pude haber vivido en otro lugar. O por qué no, todavía me puedo ir y alcanzar aquel que deje ir y todavía añoro, pero eso es otro cuento...

Anitzel Díaz