El diálogo eterno entre historia y política, vida y arte



Una de las seis puertas de la muralla de Lucca.

La célebre muralla de Lucca tiene para mí un encanto especial porque, además de ser el primer decoro artístico de Italia que me fue encomiado, lo fue, no diría calurosamente, sino con trémula calidez. Mi abuelo Corrado —acriollado por vecinos, conocidos y parientes en “don Conrado”— sabía deponer su adusto empaque de toscano cuando me hablaba de su infancia en la amurallada ciudad.

La describía como no puedo recordar sino en un solo aspecto: su extraordinaria anchura, tal, que permitía a los niños jugar en ellas y aun andar en bicicleta. Desbordaba orgullo y satisfacción cuando recitaba en una mezcla de italiano y español, que no era ni italiano ni español, un dístico rematado así: “Lucca nunca fu tomata”. ¿Sabría el buen viejo que la magnífica construcción medieval debe su impecable estado al más prosaico hecho de que la ciudad no fue atacada nunca? Seguramente, no. En Antráccoli, su paesino, la dureza de la lucha por la vida no dejaba lugar para mayores expansiones educativas, más allá de las primeras letras y el travieso servicio religioso en hábito de monaguillo.

Pero lo que mi abuelo no me contó es que la muralla de Lucca, con toda su majestad, no es sino la custodia, la antesala de un tesoro fabuloso de historia y política, vida y arte. “Más o menos como en todas partes”, se me dirá, y se dirá bien. Pero en Lucca ese intercambio es tan intenso y señalado que merece destacarse.

Enumerar y describir las maravillas de Lucca es tarea enjundiosa: allí está la ciudad de las cien torres y las cien iglesias para dar testimonio de sí misma en la Torre Guinigi, la catedral de San Martino, la iglesia de San Mile, la basílica de San Frediano, el Palazzo Ducale, la Piazza Napoleone; y, por sobre todos ellos, un lugar cuya cautivadora belleza no es superada sino por su enorme valor simbólico: el anfiteatro romano, que hoy se llama la Piazza dell’Anfiteatro.


El encuentro


Dicen que fue el 15 de abril del año 56 antes de Cristo, cuando Lucca era un municipio romano de la Galia Cisalpina. Llamados por Cayo Julio César, conquistador de las Galias, arribaron Cneo Pompeyo Magno, que había terminado con los piratas y llevado victoriosamente las águilas de Roma en las guerras del Ponto y de Judea, y Marco Licinio Craso, el que arrasó con los sueños libertarios de Espartaco. Los dos primeros posibilitaron la expansión territorial de la República —y el consiguiente flujo de tributos— y aseguraron la navegación y el comercio; mientras que el último desbarató el desesperado intento de los desposeídos por escapar de la esclavitud, que es decir salvar el sistema económico del Estado.

Los cuarteles de invierno de César vieron entonces un espectáculo inusual: “…tentando y agasajando con dádivas a los ediles, a los pretores, a los cónsules y a sus mujeres, se ganó la amistad de muchos de ellos (…); sin contar la inmensa muchedumbre que de toda clase de gentes concurrió a visitarle (…), y entre ellos Pompeyo y Craso. A los demás los despidió colmándolos de esperanzas, pero entre Pompeyo, Craso y él mediaron ajustes (…)”.

Plutarco señala asimismo que esa alianza había comenzado a tejerse cuatro años antes, por iniciativa del mismo César: “(…) recurrió a un arbitrio que le granjeó por lo pronto aprecio, autoridad y poder, pero que fue de gran ruina para Pompeyo y para la República” (Vidas paralelas, “Pompeyo”: 46, 51).

Esto es decir: “…acordaron los tres apoderarse de lleno de todos los negocios y hacerse exclusivamente dueños de todo mando, manteniéndose con esta mira César sobre las armas, repartiéndose Pompeyo y Craso otras provincias y ejércitos” (Ib., “Craso”, 14).

Ya que “…el peligro se reputó tan grande por amenazar a un tiempo tantas naciones, haciendo también tan insigne este vencimiento la pasión con que la muchedumbre miraba a César, por ser éste el que lo había alcanzado; el cual, habiendo dejado en buen estado las cosas de la Galia, volvió entonces a invernar en el país regado por el Po para continuar sus manejos en la ciudad (…), de los ciudadanos más principales y de mayor opinión los más habían ido a visitarle a Lucca; y entre éstos Pompeyo, Craso y Apio, comandante de Cerdeña, y Nepote, procónsul de la España: de manera que se juntaron hasta ciento veinte lictores y del orden senatorio, arriba de doscientos” (Ib., “Cayo Julio César”, 21).

Tanto habían cambiado las cosas desde el tácito convenio del año 60; Craso, que había apoyado con sus proverbiales, enormes recursos a César poseedor de gloria militar, contra Pompeyo, veía a su protegido elevarse desde su brillante campaña en las Galias. Sus propias victorias en la llamada Tercera Guerra Servil no podían compararse con las empresas de sus adversarios. Y Pompeyo, al acudir a la convocatoria de Lucca, debió hacerlo sospechando quién era el genio político del triunvirato.

Estas idas y venidas entre los hombres más grandes de Roma, así como la sorda lucha por el poder que ora los enfrentaba, ora los unía, no inspiran a Suetonio mayores (sí que perspicaces) comentarios: “…no perdonó (César) medio para atraerse a Cneo Pompeyo, irritado entonces contra los senadores, que vacilaban en aprobar sus actos, pese a sus victorias sobre el rey Mitrídates, reconciliándole también con M. Craso, que continuaba enemistado con él desde las violentas querellas de su consulado, concertando con ellos una alianza por la cual no se haría nada en el Estado que desagradase a cualquiera de los tres” (…). Así, pues, habiéndose vanagloriado en público L. Domitio, quien aspiraba al consulado, de realizar como cónsul lo que no había podido hacer como pretor, y de quitar además a César el ejército que comandaba, llamó a Lucca, ciudad de su provincia, a Craso y a Pompeyo, exhortándolos a que solicitasen ellos mismos también el consulado, para separar a Domitio y obligar en seguida a prorrogar su mando por cinco años, consiguiendo ambas cosas (Los doce césares,  “Cayo Julio César”, 19, 24).

Apiano registra el hecho: “Pompeyo (…) trabó amistad con César y le prometió bajo juramento que lo apoyaría en sus aspiraciones al consulado. Y éste último lo reconcilió de inmediato con Craso. Así, estos tres hombres, teniendo el máximo poder sobre todos, se coaligaron en sus intereses mutuos (Historia romana, “Guerras civiles”, II, 8).

Y, a su tiempo, declara sin ambages: “César, que había llevado a cabo muchos e ilustres hechos de armas entre los galos y britanos (…), regresó cargado de riquezas a la Galia fronteriza con Italia (…). Desde aquí envió mucho dinero a gran número de personas en Roma (…). Pues César manejaba ya todos los asuntos a causa de su gran ejército, del poder de sus riquezas y de su afable diligencia hacia todos. También acudieron a su lado Pompeyo y Craso, sus compañeros en el poder” (Ib., 17).

Luego vendrían la muerte de Craso en Partia, la derrota de Pompeyo en Farsalia y su muerte por el puñal traicionero. Pero en el encuentro de Lucca se habían trazado los presupuestos de la caída de la República y la constitución del imperio de César y de Augusto, el más duradero y extenso que conocen las edades.


El testigo

¿Así que fue aquí?

El viajero que, pasando las murallas de Lucca por alguna de sus seis puertas, entra en la vieja ciudad por primera vez, no puede sustraerse a la sensación de pasmo e incredulidad que lo asalta al saberse en el lugar donde se jugó el destino del mundo grecorromano por un milenio.

¿Así que fue aquí?

Se repite perplejo, redoblando su curiosidad, como si las mayores empresas de la humanidad no hubieran sido hechura de personas como él.

Absorto en sus pensamientos, no tarda en dar con los restos del circo romano, del que le han hablado tanto, en la Piazza dell’Anfiteatro. Sin embargo, y para su asombro, no halla piedras que le hablen del siglo II. No hay más que la forma; perfectamente delineada, sí, pero vacía. Sólo una purísima esencia de memoria y tiempo.

¿Vacía? Nada más errado que esa primera impresión.
En este lugar parece saldarse la antigua disputa entablada entre la vida y el arte para decidir cuál de los dos es el imitador del otro.

Para empezar, allí están las cuatro entradas que vieron pasar a los gladiadores y las fieras, cuatro puertas mágicas que llevan a un ámbito que es una metáfora del mundo. Las casas abren sus puertas y ventanas al espacio público, que se agita y atarea con un bullicio ancestral en las horas de mercado.

En las mesas de los cafés hay lectores solitarios y enamorados ajenos a cuanto no sea su embeleso; aquí y allá los niños importunan y alegran a los viandantes con sus juegos; las personas apoyadas en el vano de las ventanas semejan espectadores en un palco; la ronda por la calle perimetral y las comunicaciones con la plaza, en fin, se nos ocurren visiones espasmódicas de nuestro humano peregrinaje vital.

Arrobado, piensa que en este lugar parece saldarse la antigua disputa entablada entre la vida y el arte para decidir cuál de los dos es el imitador del otro.

Le vienen a las mientes La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock y El inquilino (1976) de Roman Polanski, dos espléndidas películas cuyos respectivos microcosmos parecen directamente inspirados en la Piazza dell’Anfiteatro, donde vemos y somos vistos, acechamos y somos acechados. El arte, piensa, imita a la vida.

Pero, recapacita, cuando en 1830 Lorenzo Nottolini hizo de las ruinas de una reliquia artística como lo era el circo romano de Lucca una plaza del modo que conocemos, un lugar habitable en el cual protagonizar y presenciar el decurso de la comedia humana, le dio un soplo de vida que nos lleva a pensar que ésta, a veces, imita al arte.

Entonces lo que ve —concluye— es un intercambio armonioso, un diálogo fluido que tiene por común denominador la funcionalidad y la belleza, como sólo puede proporcionarlo Lucca entre señaladas ciudades, donde además la historia nos enseña que las disputas políticas son tan connaturales a nuestra laya como los grandes estadistas, las guerras y la ambición.

Lucca, donde comenzó a brillar la estrella de Cayo Julio César, maestro de las letras latinas, militar y político genial, hombre sobrio en sus hábitos de vida, de talante misericordioso en un tiempo en el que la vida poco valía, y, por fin, putañero por toda intemperancia.

Lucca, donde comenzó a brillar la estrella de Cayo Julio César.

Publicado originalmente en Letralia
Gustavo Rubén Giorgi