EL GUERNICA







No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.

Pablo Picasso





La gran estrella del museo Reina Sofía en Madrid es, sin duda, «El Guernica» de Picasso. Unos cuantos pasos, algunos cuartos y pasillos, vuelta a la derecha y ahí está de frente, monumental. A primera vista quita el aliento. «El Guernica» es una de esas piezas que forman parte de la cultura universal y tienen una exposición tan mediática (libros de arte, documentales, playeras, y toda la parafernalia que se crea alrededor de lo famoso) que cuando uno la ve en vivo es como si estuviera frente a una celebridad. No sólo por las dimensiones, 7,8 X 3,5 metros, o por los negros blancos y grises que plagan el lienzo, o por los rostros contorsionados, sino por su carga simbólica y, más que nada, por su fama. Más allá del contenido, de lo semántico de la pieza, que es su primer valor, «El Guernica» es una protesta: una denuncia.

Pablo Picasso leyó en el periódico acerca del bombardeo indiscriminado hacia un lugar llamado Guernica y Luno; un pueblo situado al norte de España, en el País Vasco.  El 26 de abril de 1937 el pueblo sufrió cuatro horas de bombardeo por parte de aviones alemanes, los cuales redujeron a escombros la villa entera. Toda Guernica pronto estuvo en llamas, excepto la histórica Casa de Juntas. El famoso roble de Guernica, un seco tronco que tiene 600 años y con los jóvenes brotes de este siglo, quedó también intacto. Aquí los reyes de España pronunciaban el juramento de respetar los derechos democráticos de Vizcaya, y a cambio recibían una promesa de obediencia como soberanos con el título democrático de señor, y no de rey, de Vizcaya.

Se dice que en 1940, con París ocupada por los nazis, un oficial alemán, ante la foto de una reproducción del Guernica, le preguntó a Picasso que si él había hecho eso. El pintor respondió: «No, han sido ustedes». Guernica, el pueblo, no es ahora mas que un lugar con su plazuela y viejos con boina; pero indudablemente se ha convertido en un símbolo tan grande y fuerte como Hiroshima y Nagasaki. En la casa de juntas han puesto un gran vitral, con un árbol en medio: el «Árbol de Guernica», que simboliza la libertad de los vascos. Hay un parque en el que están expuestas esculturas de artistas famosos como Chillida y Henry Moore. La guerra, la paz, la naturaleza y el arte confluyen en este pequeño lugar. Todo grita ¡aquí estamos, sobrevivimos!.

El mural es una gran puesta en escena. Tiene la herencia formal de «Las Señoritas de Aviñón»: postcubistas, africanoides, en fin picassianos. Es antecedente a la pintura de planos de color (colour field painting) que surgió durante los años cuarentas en Nueva York, teniendo a Helen Frankenthaler como una de sus principales representantes. El artista hizo más de sesenta dibujos preparatorios para el Guernica (era obsesivo hasta la genialidad), estudió la forma al máximo y llegó a una deconstrucción de las imágenes que le ayudó a plasmar la destrucción de la guerra. El gran formato del mural coincide con la estructura narrativa del mismo. Dentro de él se produce una simbiosis del espacio interno y externo. Por su gran tamaño el espectador se siente absorbido por la imagen; vive el horror de la escena. Dominan los grises alternados en algunas partes con blancos y negros luctuosos, además de algunos reflejos rosas y violáceos debidos al proceso de elaboración del mismo. La imagen derrama un sentimiento de pérdida y desesperación: de guerra. Una mujer parisina, en la Exposición de París de 1937 dijo ante el Guernica: «No entiendo nada, pero tengo la sensación de que me cortan en pedazos».

Cada personaje representa una historia. En el cuadro aparecen representados nueve símbolos: seis seres humanos y tres animales (toro, caballo y paloma). Está la piedad: una mujer rota de dolor, con lágrimas como si fueran sus ojos, recoge a su hijo muerto en brazos. La paloma: que tiene un ala rota y el pico abierto, símbolo del rompimiento de la paz. Un hombre descuartizado, tirado en el suelo, con una estrella de cinco puntas en una mano y una espada y flor en la otra: simboliza la barbarie, de lo inexpresable. Otra forma de dolor es representada al colocar una mujer saliendo de un edificio en llamas, totalmente atrapada en ellas, con sus brazos levantados y la boca abierta, expresando el horrible sufrimiento que está padeciendo. Es un cuadro sonoro: los personajes gritan, gesticulan y mueren bajo las bombas ciegas que con todo acaban.

Tras un largo recorrido, «El Guernica» llegó a su actual hogar: el museo Reina Sofía, en 1992. Después de la clausura de la Exposición de París, fue expuesto en Noruega e Inglaterra y más tarde trasladado, por razones de seguridad, a Nueva York, donde formó parte en 1939 de una exposición dedicada a Picasso en el MOMA. Posteriormente a la derrota de la República Española ese mismo año, Picasso lo cedió en préstamo al museo americano y manifestó el deseo de entregar la obra al pueblo español cuando hubiese un régimen democrático. El cuadro, junto a la colección de dibujos preparatorios, fue entregado a España en 1981, siendo instalado el 10 de septiembre en el Museo del Prado, donde ocupó la sala principal del Casón del Buen Retiro.

En la actualidad «El Guernica» no ha perdido su fuerza de denuncia, es una imagen gráfica tan fuerte que supera la realidad de cualquier fotografía impresa en los medios de comunicación.