ARQUITECTURA DE LO ÍNTIMO DE FLOR MINOR.



Marisol Pardo Cué.



Ahora comprendemos mejor el por qué un arte preocupado principalmente por la figura humana deba atender ante todo al desnudo, así como la razón de que éste haya constituido el problema más apasionante del arte clásico de todas las épocas. No sólo es el mejor vehículo transmisor de todo aquello que en el arte corrobora y acrecienta de manera inmediata el sentido de la vida, sino que es también en sí mismo el objeto más significante del mundo de los hombres.

Bernard Berenson, Los pintores del Renacimiento, (1954).


El desnudo representa el equilibrio entre un esquema ideal y las necesidades funcionales.

Kenneth Clark, El desnudo, (1956).



En 1487 Leonardo Da Vinci creó su estudio anatómico más conocido. Para hacerlo se basó en los textos del famoso arquitecto romano Vitrubio quien decía que el cuerpo humano, por su perfección y simetría, era el modelo perfecto de la arquitectura. El dibujo, actualmente exhibido en la Galería de la Academia de Venecia, se conoce como  El Hombre de Vitrubio, y en él el artista representó plásticamente la tesis del arquitecto: un hombre, con brazos y piernas extendidas encaja en las dos formas geométricas perfectas: el círculo y el cuadrado. Los apuntes de Leonardo, visibles en el dibujo, enumeran las relaciones matemáticas de todas las partes del cuerpo, revelándonos su pormenorizado examen de las proporciones humanas ideales y de la proporción áurea (expresada en la relación entre el lado del cuadrado y el radio del círculo). El Hombre de Vitrubioindicaba la medida que debía tener cada una de las partes del cuerpo desde la cabeza hasta los pies y por ello fue llamado a menudo Canon de las proporciones humanas y considerado símbolo de la simetría básica del cuerpo del hombre y, por extensión, del universo en su conjunto.







Este dibujo, que por mucho tiempo definió el canon de belleza ideal, no pudo ser sino el resultado de una época en la que se consideraba que el cuerpo era un microcosmos de cuya forma podía deducirse la del universo todo. Su inscripción en el círculo y el cuadrado reflejaban la identificación del organismo con el orden celeste y terrestre respectivamente. Al yuxtaponer ambas formas y  hacer encajar en ellas su propia figura, el hombre reflejaba sus aspiraciones de trascender las fronteras humanas y divinas. Por sus proporciones perfectas, muchos intelectuales y artistas comenzaron a pensar que sólo con el estudio directo e inmediato del cuerpo humano se podía reconocer la belleza más pura.



En su afán por lograr la correcta representación de esta belleza perfecta, Leonardo realizó aproximadamente 200 estudios anatómicos más que actualmente se concentran en la Royal Library de Windsor. Muchos de ellos, están basados no sólo en el estudio detallado del cuerpo y sus relaciones matemáticas sino, también, en disecciones de cadáveres. Incluso se sabe que tenía planeado escribir un tratado anatómico en colaboración con el profesor Marcoantonio Della Torre pero que la muerte prematura de éste último dejó trunco el proyecto. En sus dibujos Leonardo manifestó la máxima del humanismo clásico: “el hombre es la medida de todas las cosas”.


El corpus de obra de la artista Flor Minor (Querétaro, 1961) vuelve sobre las obsesiones leonardescas evidenciando la revaloración que del humanismo hace la artista. Su dominio y absoluta maestría del dibujo es utilizado, una vez más, para hablarnos sobre el cuerpo humano como ente y maquinaria perfecta, habitáculo del ser humano. Las relaciones expresadas entre éste y la geometría nos recuerdan los vínculos que estableciera el mismo Leonardo. Las figuras geométricas que utiliza para dar forma a sus cuerpos no son dibujos preparatorios sino parte fundamental de la obra por lo que quedan expuestas resaltando el movimiento o la actitud del personaje. Y, sin embargo, a pesar de que el hombre aparece aislado y solitario, los cuerpos no son pasivos: en algunos casos parecen someterse, en otros revelarse, al orden y racionalidad mecánica impuestos por la matemática. Cada pieza es energética pues más allá del estudio anatómico, intenta rebelar aquello que de espiritual tiene el ser humano. Las figuras esforzadas, escorzadas, contorsionadas, equilibradas, estiradas, entrelazadas, desplazadas, encerradas, sometidas, no son ya la “cárcel del alma”, como pensaba Aristóteles sino la expresión de la integridad del yo. Aquí, la dicotomía cuerpo-espíritu que preconizaba la superioridad de la razón respecto a la malignidad de la carne, premisa exacerbada durante el modernismo, parece superada. El cuerpo, expresado en todas sus capacidades, es trabajado como ser en el mundo, como recipiente de la subjetividad y por tanto del intelecto y la emoción, lo que lo dota de una absoluta dignidad. Minor parece coincidir con Merlau-Ponty quien ya para mediados del siglo pasado sostenía, tajante, que toda experiencia del mundo pasa por el cuerpo, incluso antes de la adquisición del lenguaje y de la toma de conciencia.



La relación entre el ser humano y la tecnología es también tema de su obra. Mientras que algunas piezas parecen cuestionar el dominio que tiene el hombre de las máquinas por él creadas, otras hacen referencia al cuerpo como mecanismo y engranaje perfecto. Ello resalta la tensión entre lo orgánico, lo geométrico y lo mecánico.



En la obra de Flor Minor la práctica del dibujo (relegado como secundario en el arte actual) es reivindicada y en ella el trazo, cuidadoso, pulcro, detallado, adquiere un absoluto protagonismo siendo el generador del volumen, la perspectiva, la profundidad, la textura, el color y el movimiento de las escenas.



Insistir en la idea de que los antiguos temas todavía pueden ser explorados, de que los maestros aún tienen mucho que enseñarnos y de que el cuerpo es mucho más que objeto sexual, desperdicio, consumible o despojo, tal como lo interpreta la visión contemporánea.